“Jesús clamó a gran voz, y dijo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y después de haber dicho esto, expiró” (Lucas 23:46)

“EN TUS MANOS”

“A gran voz” Cristo pronunció sus últimas palabras. Esto es importante. La crucifixión no era una muerte ordinaria. Era larga y agotadora; socavaba lentamente todas las fuerzas de una persona. La mayoría de las personas crucificadas morían en un estado de inconsciencia. Si alguien permanecía consciente hasta el final, esa persona apenas tenía fuerzas para emitir un sonido. Sin embargo, Cristo no murió de agotamiento. Su mente estaba clara, y justo antes del final, exclamó claramente a gran voz. Esto indica que no murió como resultado de sus heridas. No murió porque tenía que hacerlo. Murió porque fue su voluntad. La muerte no vino a él, sino, excepcionalmente, él fue a la muerte. Murió como fue profetizado: “Por eso el Padre me ama, porque yo pongo mi vida para volver a tomarla. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mi propia cuenta. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volver a tomarla” (Juan 10:17,18). Es verdad, los judíos y los romanos lo asesinaron. Pero nunca hubieran podido tocarlo si él no se hubiera entregado por propia voluntad a esa muerte. No fue una muerte ordinaria.

¿Y por qué? Porque su muerte no fue la de un hombre común. Note la primera de sus últimas palabras, Padre. No llama a Dios “Padre” en el sentido que nosotros lo hacemos. Es el Hijo unigénito de Dios, verdadero, eterno, totalmente como el Padre e igual al Padre. Por tanto, él mismo es verdadero Dios. Esto fue lo que afirmó durante toda la vida, y lo afirmó al morir.

La muerte de Cristo fue la de un hombre que también fue el Hijo de Dios. Aquí debemos quitarnos el calzado, porque el lugar en que estamos es santo. Aquí se nos presenta un misterio inefable. ¿Cómo pudo Cristo, el Hijo de Dios, que se llama a sí mismo la vida, morir? No nos llevemos las manos a la cabeza, como algunos lo hacen, y digamos: “¡Imposible! Fue solo un hombre el que murió”. Pongamos los pies sobre la roca sólida de estos hechos: Con el nacimiento de Cristo, Dios se hizo hombre pero no dejó de ser Dios, tan seguro como Dios murió cuando “[Cristo] expiró”.

Esta gran verdad del evangelio es una roca, la roca de nuestra fe. “¡Ninguno de ellos puede salvar a su hermano, ni dar nada a Dios a cambio de su vida!” (Salmo 49:7). Únicamente la muerte de Dios puede expiar nuestros pecados. “La sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

Oración:

Por tu vida y muerte sé nuestro amparo, hasta volver, tu precioso rostro a ver: óyenos, ¡oh Cristo! Amén. (Himnario Metodista 326:7)

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