LA SEGUNDA QUEJA DE HABACUC

Muy limpio eres de ojos para ver el mal, y no puedes contemplar impasible el agravio. ¿Por qué miras a esos pérfidos y guardas silencio cuando el malvado destruye al que es más justo que él?

—Habacuc 1:13, La Biblia Textual

El texto que hoy meditamos registra la segunda queja de Habacuc. Pero esta queja es diferente pues inicia con una confesión, una declaración confesional. Esta confesión comienza en el versículo doce. Nuestro texto es la continuación de esa confesión. Así Habacuc confiesa que Dios es quien tiene el control absoluto de los acontecimientos universales.

Habacuc reconoce que el pueblo de Judá merecía el juicio que Dios dispuso contra ellos. Pero le preocupaba el hecho de que los babilonios devastaban sin misericordia los pueblos que subyugaban, y que lo hacían con tal atrocidad que su maldad excesiva era inevitablemente notoria. Además la gloria de sus triunfos militares se la atribuían a su propia destreza militar con descarada arrogancia: «Los babilonios han hecho de sus armas un dios y les rinden culto.» (1:16, TLA). ¿Cómo puede tolerar el Señor esa idolatría y esa arrogancia?

No pocas veces nos hacemos ese tipo de preguntas. La Biblia nos presenta la otra cara de la moneda para que podamos comprender qué hay detrás de la aparente inoperancia de Dios. Necesitamos recordar que Dios hace todo por amor, aunque no lo parezca, pues Dios es amor (Romanos 8:28 cf. Deuteronomio 8:3; Hebreos 12:5-11). Él dio la evidencia concluyente de su amor cuando Jesucristo derramó su vida en la cruz para salvarnos del infierno. No necesitamos ninguna otra prueba de su amor, además de la que ya ha dado. Por eso cada vez que enfrentamos algún sufrimiento no debemos olvidar que, por muy doloroso que sea, no es nada comparado al que sufriríamos si recibiéramos el que merecemos. Pues a causa de nuestro pecado merecemos toda la ira de Dios. Pero gracias a que Jesucristo vino para obedecer perfectamente en lugar nuestro y a morir sufriendo el castigo que merecemos como sustituto nuestro hemos sido libertados de la condenación eterna. En gratitud vamos a querer aceptar de buena gana lo que venga de la mano del Señor aunque en ella haya una llaga y un clavo.

Oración:

Concédeme, Señor, el querer mantener mi mirada en ti y en tu obra redentora, de manera que en mí aflore tal gratitud que me mueva a amarte a ti sobre todas las cosas y amar a mi prójimo como a mí mismo de modo que quiera compartir el evangelio a los demás. Amén.  

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