COLUMNAS PERMANENTES

Al que salga vencedor lo haré columna del templo de mi Dios, y ya no saldrá jamás de allí. Apocalipsis 3:12

Las columnas que sostenían la autopista estaban ahí, como centinelas solitarios. Un terremoto había destruido el camino que esas columnas sostuvieron. Y eran todo lo que quedaba de una autopista de mucho tránsito. ¡Qué espectáculo tan triste!

Cuando Jesús dice que cada creyente en el cielo será “columna del templo de mi Dios”, no hay nada triste en sus palabras: es una imagen gloriosa, un pensamiento consolador. Aquí en la tierra, muchas veces los creyentes se sienten como chozas de cartón. Cada viento que se levanta parece que va a arrancar las paredes y que va a levantar las tejas del techo. Hay días en que esos vientos llegan a parecer tornados contra los cuales los creyentes tienen poca protección. Los pecados en los que caen cada día, las tentaciones que enfrentan a diario, la lucha con los defectos que el pecado ha traído a este mundo los azota como si no hubiera nada seguro.

Pero sí lo hay. El que ha preparado mi salvación me promete que protege mi alma. El que me trae la paz con Dios no va a permitir que el mundo me la arrebate. El que dijo que me sostendrá hasta su día eterno cumplirá su palabra. Mi amoroso Salvador también me promete que hará de mí una columna en el cielo. Ninguna tormenta llega jamás al templo de Dios. Ningún tornado moverá jamás las columnas que están ahí. Yo estaré seguro por siempre en su templo celestial, como una columna permanente. Ahora, hay esa maravillosa esperanza, pero solo para los que, por la gracia de Dios, conocen a su Hijo Jesús como su Salvador.

Oración:

Señor, consérvame seguro en la fe en Jesús como mi único Salvador del pecado, hasta que esté en tu cielo. Amén.