(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Samuel 21:15–22, Juan 1:35–42)

PENTECOSTÉS

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

—Hechos 2:1–4

El cumplimiento de la profecía con la que Joel anunció el derramamiento del Espíritu Santo sucedió en el Pentecostés del año que Jesucristo dio su vida por nosotros. Fue un evento único y de suma importancia que fue acompañado de señales sobrenaturales. Esas señales fueron evidencia de que aquello sucedía por la intervención divina. ¿Cuál fue el propósito?

Los apóstoles junto a otros discípulos más, haciendo un total de ciento veinte personas, se habían reunido siguiendo las instrucciones de Jesucristo para esperar la promesa del padre. De repente se escuchó el ruido de una violenta ráfaga de viento que llenó el lugar de reunión. Aquél sonido vino no solo del cielo visible sino del mismo Dios. Aparecieron lenguas como de fuego repartiéndose sobre cada uno de ellos y, al ser llenos del Espíritu ellos comenzaron a hablar en idiomas que nunca habían aprendido. No eran ruidos inconexos balbuceados frenéticamente. Por el contrario, se trató de lenguas auténticas que pudieron ser entendidas por personas procedentes de distintos lugares. Las hablaron en voz alta y con tal claridad que fueron comprendidos perfectamente por los que conocían esas lenguas de nacimiento. Es evidente que no estaban balbuceando ni hablando incoherencias. Aquello era un verdadero milagro que impactó a quienes lo presenciaron. Después que Pedro explicó a la multitud el sorprendente acontecimiento y de confrontarlos por su pecado tres mil personas creyeron y fueron bautizadas. Ese acontecimiento fue único como lo fueron aquellas milagrosas lenguas con las que el Señor capacitó a aquellos misioneros.

Aunque todas esas señales fueron impresionantes, no lo son tanto como el cambio que el Espíritu Santo obró en los tres mil bautizados, pues los cambió de incrédulos a creyentes por el poder del evangelio. Hoy el Espíritu Santo sigue obrando ese milagro cada vez que el evangelio puro es predicado. En celosa gratitud a la salvación vamos a querer hablar de Cristo con todo el que necesite ser salvo.

Oración:

Gracias Señor por haber derramado el Espíritu Santo sobre la Iglesia. Te suplico me concedas el celo para compartir el evangelio de modo que la salvación llegue a los que escuchen. Amén.

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