EL LLANTO Y LA DESESPERACIÓN ETERNOS

Y les digo que muchos vendrán de oriente y de occidente, y se sentarán a comer con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, pero los que deberían estar en el reino, serán echados a la oscuridad de afuera. Entonces vendrán el llanto y la desesperación.

—Mateo 8:11-12, DHH

El evangelista Marcos nos dice que las multitudes escuchaban las enseñanzas de Jesús con agrado (Marcos 12:37). La palabra griega que aquí se tradujo «agrado» significa «el mayor de los placeres», y deriva del término de la cual proviene «hedonismo». Marcos nos dice que la gente realmente disfrutaba de la enseñanza que Jesús impartía. Pero entre esa multitud, algunos salían disgustados, pues Jesús no solo enseñaba de la salvación gratuita y del gozo eterno en el cielo. También hablaba de la ira de Dios y del sufrimiento eterno en el infierno.

Jesús dijo las palabras del texto que hoy meditamos, después de sanar al siervo de un militar romano, un hombre no judío. Este centurión llevó su necesidad a Jesús y confió en que él haría lo mejor por su siervo. Jesús prometió ir de inmediato a la casa del centurión y sanar al siervo. Sin embargo, el centurión envió a unos amigos para que le digan que no esperaba que Cristo entre en casa de un gentil. Tenía la certeza de que Jesús sanaría a su siervo con solo una orden. Jesús, el Hijo de Dios, tiene poder sobre cualquier enfermedad y sobre cualquier fuerza de la naturaleza. Él ejerció ese poder sanando al siervo del centurión sin verlo y también puede sanar todas nuestras enfermedades.

Jesús alabó la fe de este centurión y prometió que muchos más gentiles de toda la tierra serán recibidos en su reino. Asimismo, advirtió que muchos «que deberían estar en el reino», es decir, descendientes físicos de Abraham que no compartían la fe de Abraham en el Salvador, serán echados a las tinieblas de afuera. Estarán separados permanentemente de la presencia de su Señor y Salvador y sufrirán los dolores de la eterna condenación en el infierno, «el llanto y la desesperación» allí nunca terminará.

Así como muchos grupos religiosos del tiempo de Cristo le rechazaron, porque prefirieron vivir por méritos propios antes que por la misericordia de Dios, hoy muchos que forman parte de las iglesias están en peligro de irse al infierno. Nada nos hace aptos para entrar al cielo excepto la fe salvadora que confía en los méritos de Cristo: su obediencia activa y pasiva en lugar nuestro.

Oracion:

Señor, tu palabra me asegura que, por la obediencia perfecta de Cristo a tu voluntad y por su muerte en lugar de mí, tengo tu perdón y libre acceso al cielo. En gratitud quiero permanecer en esa confianza descansando solo en tus promesas.Amén.  

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