PERMANECER EN DIOS IMPLICA ODIAR EL PECADO

Todo el que permanece en él, no practica el pecado. Todo el que practica el pecado, no lo ha visto ni lo ha conocido.

– 1 Juan 3:6

—Ese reloj es falso, no lo compres—, me aconsejó amablemente mi amigo.

Yo le pregunté: — ¿Cómo lo sabes?

—En los originales la marca es de esmerada calidad —, me respondió.

¿Cómo sabemos si alguien de verdad permanece en Cristo? El apóstol Juan nos dice que quien permanece en Cristo no practica el pecado. Eso no significa que los cristianos no pecamos. Por el contrario, pecamos cada día. Sin embargo, debido a la continua confrontación con la ley y al permanente consuelo del evangelio, somos conscientes de lo perverso del pecado. En gratitud a la redención, obrada por Jesucristo a favor nuestro, odiamos el pecado y no queremos practicarlo.

Creemos en la gracia de Dios pues es el favor inmerecido por el cual él nos otorga su perdón. Pero rechazamos «la gracia barata» (la idea de que podemos acudir a Dios para que nos perdone, deleitarnos por ello, y luego vivir de la forma que se nos antoje). La gracia de Dios es gratuita, pero es sumamente costosa. Requirió que Cristo ofrendara su vida, y nos exige la nuestra cuando la recibimos. Después de consolarnos de inmediato con el mensaje de que somos hijos de Dios, Juan nos desafía a actuar como tales. Hay una perfecta conexión entre la justificación (el veredicto que nos da Dios de «inocente») y la santificación (la forma en que llevamos la vida para Dios). La primera no nos costó nada; la segunda nos costó todo. En cuanto a la justificación, decimos: «No podemos». En cuanto a la santificación, decimos: “Sí, sí podemos”. (2 Timoteo 1:7)

Mientras crecemos en la fe, también lo hacemos en la determinación de dejar el comportamiento que ofende y enoja a Dios. El fruto del amor a Dios es odiar el pecado, pues «Quien teme al Señor aborrece lo malo» (Proverbios 8:13).

Oración:

Señor, concédeme amarte, temerte y confiar en ti de tal manera que continuamente aborrezca lo que tú aborreces. Amén.