UN SANTUARIO VIVO

¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios.

– 1 Corintios 6:19-20

¿Cómo cristianos estamos conscientes de que nuestros cuerpos son santuarios para la honra de Dios? El apóstol Pablo nos dice que nuestro «cuerpo no es para la inmoralidad sexual sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Corintios 6:13). Jesucristo fue muy estricto respecto al respeto que se ha de tener con el templo de Dios. Lo dejó claro cuando echó con azotes a los mercaderes que usaron el templo de Jerusalén como un centro comercial. Dios es celoso de sus santuarios, y su ira se enciende cuando son profanados (Juan 2:17). Somos culpables de profanar el santuario de Dios cuando usamos nuestro cuerpo como instrumento en pecados sexuales, incluso cuando solo suceda en nuestra mente (Mateo 5:28). Tal profanación merece el fuego eterno (Apocalipsis 21:8).

Jesucristo honró a Dios no profanando su cuerpo. Él cuido su cuerpo en santidad y lo ofreció para la cruz en pago por nuestro pecado. Nosotros, en gratitud, queremos decir lo que dijo el apóstol Pablo: «Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí» (Gálatas 2:19-20).

Oración:

Señor, Dios de paz, santifícame por completo; y todo mi ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Amén.