TODO EL PODER Y MAJESTAD PARA EL HIJO DEL HOMBRE

En esa visión nocturna, vi que alguien con aspecto humano venía entre las nubes del cielo. Se acercó al venerable Anciano y fue llevado a su presencia, y se le dio autoridad, poder y majestad. ¡Todos los pueblos, naciones y lenguas lo adoraron! ¡Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino jamás será destruido!

—Daniel 7:13-14

Lo Santo que crecía en el vientre de la virgen María, ¿Era Dios o era Hombre?. Según la Biblia, ese ser era Dios asumiendo naturaleza humana (Juan 1:1-3,14). Sí, María dio a luz a Jesús quien es ciento por ciento hombre y ciento por ciento Dios. Jesucristo, Dios hecho carne, no solo tenía aspecto humano, Él era completamente humano. Después de su resurrección todavía es cien por ciento humano, aunque posee y hace uso pleno de su atributos divinos. Al profeta Daniel le fue dado el privilegio de ver, en visión, la gloria y el reino eterno de Jesucristo, el Mesías prometido.

En el capítulo siete de Daniel, este profeta describe la visión que le fue revelada y que muestra las principales características de cuatro imperios humanos. En la visión estos imperios son representados como bestias que suben del mar. La visión concluye con un último reino cuyo rey viene del cielo. Este rey no es otro que Jesucristo. Cristo es el perfecto representante de la humanidad y el único, que por sí mismo, es capaz de soportar la santidad de Dios y permanecer en su presencia. A Daniel se le revela que este último reino no tendrá fin. Este es el reino de los cielos que fue anunciado por Juan el Bautista, por Jesucristo y por los apóstoles (Mateo 3:1; 4:17; 10:7; Marcos 1:15; Hechos 20:30 cf. Daniel 2:44)

Ninguna persona puede ser parte de este reino eterno por su propio poder o capacidad. Solamente se entra mediante el nuevo nacimiento obrado milagrosamente por el poder del evangelio presente en el bautismo o la predicación (Juan 3:3-6; 1:12-13; Romanos 1:16; 10:17). Ninguna buena obra nuestra que hagamos nos hace dignos de entrar a este reino. Solo los méritos de la obediencia perfecta de Jesucristo, en lugar nuestro, y de su vida entregada al castigo en la cruz como pago por nuestros pecados son suficientes para abrirnos amplia entrada al reino eterno (Romanos 5:1-2). En gratitud a la misericordia divina vamos a querer vivir comprometidos activamente con los valores y propósitos del reino mientras esperamos el retorno del rey (Filipenses 2:2-16).

Oración:

Jesucristo misericordioso, que por amor incondicional fuiste mi sustituto y pagaste un alto precio para que yo disfrute gratuitamente de la salvación eterna, te suplico que, mediante los medios de gracia, me afirmes en la verdadera fe; me guardes en tu palabra; y, por el poder del evangelio, me concedas crecer en santidad hasta el día que me encuentre ante tu presencia. Amén

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