ESAS MANOS TRASPASADAS POR CLAVOS 

Me han traspasado las manos y los pies. Salmo 22:16

Cicatrices en nuestras manos, tal vez de algún cuchillo que resbaló o enfermedad que ha dejado sus marcas. Normalmente hay una historia detrás de esas cicatrices. Las manos de Jesús también tienen cicatrices y detrás de ellas está la más grande historia que el mundo jamás haya escuchado.

David la anunció anticipadamente, y los Evangelios la registraron, utilizando palabras sencillas. Pero no había nada simple acerca de ella. Madera desagradable y clavos afilados, carne rasgada y fibras nerviosas que gritaron, dolor constante y muerte lenta, eso formó parte de la crucifixión. Muchos fueron los sufrimientos del infierno. Todos los dolores del infierno que fueron el pago por los pecados del mundo aplastaron a Jesús adherido con clavos a esa cruz. Solo los demonios y los condenados en el infierno pueden comenzar a entener el sufrimiento. Solo podemos suponer qué siginificó eso para Jesús.

Sin embargo, no hay suposiciones respecto a quiénes traspasaron sus manos y sus pies. La escena del Calvario no tendrá mucho significado hasta que la palabra ellos llegue a ser nosotros. Mejor aún, eso necesita ser: “Yo traspasé sus manos y sus pies.” ¡Yo con mis muchos pecados lo hice! Pero no debo quedarme pensando en mi culpa. La oscuridad de la culpa es disipada por la gloriosa verdad que Cristo ha pagado todos mis pecados con su sufrimiento y muerte. Clara y senillamente la Biblia me dice: “gracias a sus heridas fuimos sanados” (Isaías 53:5).

¡Así que miremos a esas manos traspasadas por clavos! Ellas tienen una historia que contar. Ellas hablan del pleno pago de los pecados del mundo. ¡Ellas hablan, ellas gritan, acerca de mi salvación!

Oración:

Señor, ayúdame a escuchar. Amén.