(Lectura de la Biblia en tres años: Gálatas 5:16–6:18)

EL PASTOR DE JEHOVÁ, HERIDO

«¡Levántate, espada, contra el pastor y contra el hombre que me acompaña!, dice Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor y serán dispersadas las ovejas; yo tornaré mi mano contra los pequeñitos. Y acontecerá en toda la tierra, dice Jehová, que dos tercios serán exterminados y se perderán, mas el otro tercio quedará en ella. A este tercio lo meteré en el fuego, lo fundiré como se funde la plata, lo probaré como se prueba el oro.

Él invocará mi nombre, y yo lo oiré. Yo diré: “Pueblo mío”. Él dirá: “Jehová es mi Dios”».

—Zacarías 13:7-9, Reina Valera 1995

La noche que el Señor Jesucristo instituyó la cena del Señor citó esta profecía de Zacarías (Marcos 14:27). Él sabía que las ovejas iban a ser esparcidas desde aquél huerto en Getsemaní llegando incluso hasta el camino a Emaús donde más tarde encontró a dos de ellos que tristes le comentaron su desazón diciendo: «Nosotros esperábamos que él fuera el que había de redimir a Israel.» (Lucas 24:21).

Los discípulos, al ver que su maestro fue arrestado y llevado a un juicio injusto para ser «herido» y condenado a la crucifixión, de pronto se sintieron muy desamparados y frágiles. El terror de correr la misma suerte los había paralizado. Sin embargo cincuenta días más tarde los vemos maravillosamente transformados al punto de regocijarse de haber sido tenidos en cuenta para tener el privilegio de padecer por Cristo y aún perder la vida por causa de él. Ese espacio de tiempo entre Pascua y Pentecostés representó, para los discípulos su parte en el periodo de prueba que toca a cada creyente y que es profetizado por Zacarías con la ilustración de la refinación en fuego del oro y la plata, tal como lo dice Pablo: «también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Timoteo 3:12) y como Zacarías lo había predicho, invocaron su Nombre. El pueblo de Cristo llegó a ser un oro que había sido refinado. La purificación que lleva a cabo el Señor no es un proceso destructivo, sino constructivo cuyo resultado es una confesión de fe: «Jehová es nuestro Dios» y el Señor, por los méritos de la doble sustitución obrada por Cristo y atribuida a los creyentes puede decir: «Es mi pueblo». En gratitud vamos a querer orar así:

Oracion:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él.

Por su amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. En él tenemos redención por su sangre el perdón de pecados según las riquezas de su gracia. Amén. (EF. 1:3-7)

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