[Dios envió a su Hijo] para que redimiera a los que estaban sujetos a la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos. Y por cuanto ustedes son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ‘¡Abba, Padre!” (Gálatas 4:5,6).

ADOPTADOS COMO HIJOS 

Uno de los aspectos mencionados en la parábola del hijo pródigo es que el hijo menor no comprendió la bendición que tenía como hijo. Puede escucharlo decir mientras mira con envidia a los cerdos que se alimentan: “Nunca tuve algo tan bueno como cuando estuve en casa con mi padre y la familia. ¡Ojalá no los hubiera dejado!”.

Aun así, nosotros también podemos perder de vista nuestra alta posición de ser hijos de Dios. Esto ocurre con más frecuencia cuando Satanás logra embaucarnos y hacernos caer en el pecado. Entonces nada parece importante, excepto gozar la ganancia pecaminosa o aferrarse al placer con el que nos tienta. El diablo realiza los mejores esfuerzos para convencernos de que podemos prescindir de nuestra condición de hijos de Dios.

Oremos para que Dios nos devuelva la sensatez a tiempo y comprendamos nuevamente que somos sus hijos adoptados. Jamás podríamos lograr ser hijos de Dios por nuestros esfuerzos. Sin embargo, somos hijos de Dios porque él nos ha adoptado. Pero esta adopción tuvo lugar solo porque el Hijo de Dios pagó un increíble rescate para librarnos de la culpa y la maldición del pecado. Por causa de nuestros pecados, merecimos que Dios nos rechazara para siempre de su hogar, pero por causa de Jesús, Dios nos ha hecho miembros de la familia celestial.

Cuando valore usted su adopción, valore también la bendición que tiene como hijo de Dios. Ser hijo de Dios significa seguridad y protección contra los vientos huracanados de la adversidad y las tormentas del pecado y la tentación. Significa estar alimentado de Jesús, el precioso pan de vida que nutre su alma. Significa estar seguro del amor de Dios, el Dios que entregó a la muerte a su unigénito Hijo por usted. ¡Su amor no puede abandonarlo! Y “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que juntamente padecemos con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:16,17).

Además, como su verdadero hijo, tiene el privilegio de llevar ante él todas sus necesidades, con la confianza en que él lo ayudará porque lo ama.

No es mera coincidencia que en su oración modelo, Jesús nos enseñara a orar: “Padre nuestro”, porque verdaderamente somos sus hijos. Como tales, “pidamos con valor y plena confianza, como le piden los hijos amados a su amoroso padre”.

Oración:

Padre, oramos para que tú nos sostengas como tus hijos hasta que heredemos la gloria que nos tienes reservada, por causa de Jesús. Amén.