EL ÚNICO DETERGENTE QUE SIRVE

Y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado. 1 Juan 1:7

La mancha seguía estando ahí; le había caído un poco de salsa de espagueti a mi camisa, y yo había olvidado decírselo a mi esposa. “Deberías haber usado el jabón blanqueador antes de poner la camisa en la lavadora,” me recordó ella. Muchos de nosotros sabemos de ropa sucia y cómo limpiarla. Sabemos que se necesita usar el detergente apropiado para lavar la suciedad del uso diario de nuestros vestidos.

En nuestro versículo, Juan escribe sobre la suciedad del pecado, la suciedad de la vida cotidiana que se deposita en nuestras almas. Habla sobre el barro del nacimiento pecaminoso y de la vida pecaminosa que nos mancha a todos, y nos hace aptos solo para el infierno. Pero también nos señala el único detergente que puede lavar por completo la mancha del pecado de nuestras almas. Es la preciosa sangre de Jesús, el Hijo de Dios. Su sangre no solo limpia la mancha de los pecados externos, sino que la elimina por completo. No deja un feo residuo, sino que la erradica totalmente.

Porque esa sangre viene de las venas de aquel que no es solo verdadero hombre, sino también verdadero Dios desde toda la eternidad. Dios, que prometió el perdón, es fiel. En la cruz del Calvario vemos que no solo barrió el pecado que había debajo de alguna alfombra, sino que exigió el pago completo de su Hijo como nuestro sustituto. El sufrimiento y la muerte de su Hijo es el blanqueador milagroso que limpia hasta el más corrupto pecador y la mancha más roja. “Tu sangre, ¡oh Cristo!, y tu justicia, mi gloria y mi hermosura son” (CC 218:1).

Oración:

Señor, te doy gracias porque puedo decir: “Feliz me acerco al Padre eterno, vestido así de salvación.” Amén. (CC 218:1)