(Lectura de la Biblia en tres años: Números 30, Marcos 13:24–29)

¡VIENE EL REY ETERNO!

En esa visión nocturna, vi que alguien con aspecto humano venía entre las nubes del cielo. Se acercó al venerable Anciano y fue llevado a su presencia, y se le dio autoridad, poder y majestad. ¡Todos los pueblos, naciones y lenguas lo adoraron! ¡Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino jamás será destruido!

—Daniel 7:13–14

Al profeta Daniel le ha sido revelada la historia de los reinos de la humanidad en sueños y visiones. Cada reino fue representado por medio de imágenes de bestias. Sin embargo, en el texto de la meditación para hoy, se le revela el Mesías prometido, el Dios-Hombre, el Salvador del mundo. Es claro que se trata de Cristo por lo siguiente: Primero: Daniel ve a «alguien con aspecto humano». No es como una de las temibles bestias que vio y que representan reinos de la historia. Cristo, con frecuencia habló de sí mismo como «el Hijo del Hombre». En su primera venida se manifestó de forma humilde pues su propósito no era el de atemorizarnos, sino conquistarnos por medio del sacrificio de su amor. Segundo: Daniel ve que «venía entre las nubes del cielo». No emerge del mar como hicieron las bestias, ni de pie sobre la tierra como estamos nosotros. Cuando preguntaron a Jesús si él era el Cristo les respondió: «—Sí, yo soy —dijo Jesús—. Y ustedes verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes del cielo.» (Marcos 14:62). Tercero: Tal como el mismo Jesucristo y sus apóstoles lo testimonian le fue dado el dominio absoluto e ilimitado sobre todos los pueblos y para toda la eternidad (Mateo 28:18; 1 Corintios 15:27; 1 Pedro 3:22; Apocalipsis 11:15). Cuarto: «¡Todos los pueblos, naciones y lenguas lo adoraron!». Sí, por los últimos dos mil años atrás Cristo fue adorado por gente de toda nación y lengua en gratitud ante él por ser su Redentor. Sin embargo, en su segunda venida, muchos se arrodillarán ante él, no en gratitud, sino en el horror de saber que rechazaron su perdón (Romanos 14:10–11)

Todos nosotros, como hijos de Adán y parte de los reinos de este mundo nacemos pecadores y no obedecemos perfectamente su santa voluntad: merecemos padecer toda la ira de Dios por la eternidad. Pero Cristo vino para redimirnos. Él lo hizo al y obedecer perfectamente la ley moral de Dios como nuestro sustituto y al sufrir en la cruz toda la ira divina en lugar de nosotros. Así Dios puede atribuirnos sus méritos y recibirnos como justos. En gratitud vamos a querer rechazar la impiedad y las pasiones mundanas mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. (cf. Tito 2:12-13)

Oración:
Señor, gracias a los méritos de Cristo soy perdonado y declarado justo. No tengo que obedecer la ley para ser salvo. Te ruego, fortaléceme en la fe por tus medios de gracia de manera que, en gratitud, viva piadosamente mientras espero la venida de tu Hijo, mi redentor. Amén.

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