“Dichoso aquél cuyo pecado es perdonado, y cuya maldad queda absuelta. Dichoso aquel a quien el Señor ya no acusa de impiedad, y en el que no hay engaño. Mientras callé, mis huesos envejecieron, pues todo el día me quejaba. De día y de noche me hiciste padecer; mi lozanía se volvió aridez de verano. Te confesé mi pecado; no oculté mi maldad. Me dije: ‘Confesaré al Señor mi rebeldía’, y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:1-5).

EL PERDÓN TRAE LA MAYOR BENDICIÓN

La gente del mundo nos prometerá muchas cosas para que nuestra vida sea “bendecida” a su juicio: un vehículo deportivo nuevo, una bonificación de $10,000 dólares, menos arrugas y mejores muslos. Pero esas bendiciones son temporales y externas. David tenía todo lo que un hombre podía desear, pero por un tiempo llevó una vida desdichada. A pesar de que no perdió su reino, perdió su estado bendecido ante Dios. Lo perdió cayendo precipitadamente en una sarta de pecados sin arrepentimiento ni perdón. Por casi un año, sufrió en las noches sin poder dormir y pasó días estresantes mientras sus pensamientos lo atacaban por la culpa del adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías.

Sin embargo, Dios lo amó. Envió a Natán para que David recuperara su vida bendecida. Natán enfrentó a David, y cuando David se arrepintió, Natán le habló del perdón de Dios. David fue restablecido.

Vuelva a leer los versículos de hoy. David los escribió para enseñarnos acerca de la bendición verdadera y duradera, la clase que el dinero no puede comprar. Nos dicen que mediante la fe en la victoria de Jesús en la cruz, somos bendecidos. Nuestros pecados reales y atroces son perdonados.

¿Hay algo que le remuerda la conciencia ahora mismo? Confiéselo a Dios. Esté seguro de que Jesús está en el cielo ahora mismo. Está sentado a la diestra de Dios orando por usted. Le está diciendo: “Padre, perdona a tu hijo porque pagué por todos esos pecados”. El Padre acepta las palabras de Jesús porque se complace en él.

Cuando sabemos que Dios nos ha perdonado, nos permite tener valor para ser humildes y honestos con otros. Podemos admitir libremente nuestros pecados, aunque resulte que otros no piensen muy bien de nosotros. Sabemos que aun si nuestra confesión de culpa trae consecuencias en esta vida, la mayor consecuencia, la muerte eterna, está borrada.

Oración:

Señor, gracias por hacer que mi vida sea bendecida en Jesús. Ayúdame a que pueda admitir mis pecados ante ti cada día para que jamás pierda tus bendiciones. Amén.