DIOS NO NOS ABANDONA NI NOS DESAMPARA

El Señor mismo irá delante de ti, y estará contigo; no te abandonará ni te desamparará; por lo tanto, no tengas miedo ni te acobardes.”

—Deuteronomio 31:8, La Biblia Dios Habla Hoy

Dios quiere que seamos transformados mediante la renovación de nuestra mente. Eso implica abandonar la manera de pensar de nuestro viejo Adán y llenar nuestro pensamiento con la verdad revelada en la Santas Escrituras. Pero es más fácil decirlo que lograrlo. La carne, el mundo y el diablo conspiran para impedirlo de tal manera que se implican en una guerra espiritual para tomar el control de nuestra manera de pensar: «Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo.» (2 Corintios 10:4–5).

Los dardos de fuego del maligno son sus falsas ideas con las que procura paralizarnos a través del miedo. Muchas veces escuchamos esas falsas ideas y no prestamos atención a lo que Dios nos dice en su palabra. Es importante preguntarnos ¿Mis pensamientos se dirigen hacia lo que Dios dice o hacia lo que yo temo? ¿Estoy simplemente repitiendo las palabras de Dios, o estoy aprendiendo a hablar después de haberlo escuchado? Dios ha dicho: «Nunca te dejaré; jamás te abandonaré.» Así que podemos decir con toda confianza: «El Señor es quien me ayuda; no temeré» (Hebreos 13:5–6). ¿En realidad le hemos permitido a Dios decir que nunca nos dejará? Escuchémosle, Él dice que no nos desamparará. No hay razón para que caigamos presa del miedo. Podemos confiadamente decir: «El Señor es quien me ayuda; no temeré» Él lo ha declarado. Esa misma promesa tiene el poder de crear en nosotros fe, la fortaleza más extraordinaria que nos mueve a querer cantar de gratitud tanto en los días y situaciones comunes y corrientes y cuando atravesamos momentos de angustia. Pues su paz, permanece en nosotros en medio de la tormenta.

Oracion:

Padre fiel y bendito, te suplico guárdame de todo daño, peligro y desgracia. Permite que permanezca bajo tu misericordiosa protección día y noche. Que tus ángeles acampen alrededor mío. Dame un corazón sencillo para temer tu nombre. Concede crecer en santidad y en el conocimiento y amor de ti, que a mi fe agregue la virtud; y a la virtud, conocimiento; a al conocimiento, la templanza; y a la templanza, paciencia; y a la paciencia, piedad. Si ha llegado la última semana de mi vida, afírmame en la verdadera fe que confía en tu gracia. Si esta semana fuera una semana de cruces para mí, fortaléceme con tu Espíritu Santo, para que con tu potente auxilio pueda soportar y vencer todo. Sé mi auxilio en toda necesidad, y sálvame de toda tribulación. Me encomiendo, cuerpo y alma, y todo lo que tengo, junto con todos los cristianos piadosos, a tu protección misericordiosa y paternal. Amén.

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