“¿O quién le dio a él primero, para que él tenga que devolverlo?” (Romanos 11:35)

¿CUÁL ES EL SALARIO?

Supongamos que usted vive en tiempos antiguos y es dueño de un siervo. Un día lo envió a trabajar en los campos. Cuando hubiera regresado de los campos, ¿le diría usted: “Relájate por un rato y toma algo?”. (Recuerde, es su siervo y tiene que atender hasta su menor deseo todo el tiempo.) ¿No le diría más bien: “Prepárame la cena, ten todo listo y espera mientras yo como y bebo. Y después, puedes comer y beber?”. ¿Le daría las gracias a su siervo simplemente porque hizo lo que le mandó?

Ya no vivimos en un tiempo ni en un lugar donde la esclavitud se practica, así que puede ser difícil que nos imaginemos la situación antes mencionada. Pero necesitamos tratar, porque Jesús contó esta historia para enseñarnos una lección acerca de nuestra relación con Dios. Finalizó la historia diciendo: “Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado, digan: “Somos siervos inútiles, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber” (Lucas 17:10).

Las personas normalmente no se ven a sí mismas de esta manera. Hacen algo que creen que es bueno ante Dios y sienten que Dios debe estar tan complacido que las tiene que premiar. Pasan un par de horas de su tiempo en alguna buena causa. Dan algo de dinero a organizaciones benéficas. Ven la relación con Dios como un arreglo empresarial, como si Dios hubiera recibido tanto trabajo de esas personas que tiene que recompensarlas.

Qué fácil es olvidar que por naturaleza somos siervos indignos. Por naturaleza somos malos delante de Dios.

Supongamos que podemos cumplir la voluntad de Dios perfectamente toda nuestra vida. Eso tampoco merecería un premio especial de Dios. Haríamos sencillamente lo que estamos obligados a hacer. Nadie jamás ha dado nada a Dios que lleve a Dios a pagarle ese favor.

Lo asombroso es que Dios aun así trate con nosotros. El único pago que merecemos es la condenación eterna. Pero Dios, en amor, dio a su Hijo para que fuera uno de nosotros, para que guardara perfectamente la ley en nuestro lugar y para que soportara la maldición de nuestros pecados cuando sufrió y murió en la cruz. Dios nos ha dado la salvación eterna.

Jamás podremos pagarle lo que ha hecho por nosotros. Pero podemos darnos nosotros mismos a él. Podemos dedicar todo lo que somos y tenemos a él como ofrendas de alabanzas y agradecimiento.

Oración:

Padre, disipa todos los pensamientos de obras justas de mi corazón. Ayúdame a aferrarme solo a tu gracia en Cristo Jesús. Amén.

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