DESHACIENDO LAS OBRAS DEL DIABLO

El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo ha estado pecando desde el principio. El Hijo de Dios fue enviado precisamente para destruir las obras del diablo.

– 1 Juan 3:8

Cierto predicador en la televisión dijo: —Tu pobreza es obra del diablo. Cristo vino a deshacer las obras del diablo y quiere que seas millonario, no en el cielo, sino aquí en la tierra.

¿Es cierto que Cristo vino trayendo la fe para erradicar la pobreza monetaria? Por supuesto que no. Al examinar con cuidado lo que realmente dijo el apóstol Juan notamos que estaba hablando de la relación del diablo con el pecado. Lo que sí nos dice este texto es que Cristo vino para declararle la guerra al pecado. Muy seguido se oye decir que «Dios odia el pecado, pero ama al pecador». Pero eso no es cierto. Dios odia el pecado y también odia al pecador. El Señor quiere que reprendamos a quienes afirman ser cristianos pero están cómodos con una vida pecaminosa.

Muchas veces por temor a ser considerados legalistas o por sentirnos muy indignos, callamos frente a flagrantes pecados de creyentes. No consideramos que al callar nos hacemos cómplices y consentidores de tales pecados. Dios detesta tal proceder y sentencia al que calla con estas palabras: «Cuando yo le diga al malvado: ¡Vas a morir!, si tú no le adviertes que cambie su mala conducta, el malvado morirá por su pecado, pero a ti te pediré cuentas de su sangre» (Ezequiel 33:8). Esas son trágicas noticias para los creyentes.

Gracias a Dios hay buenas noticias: Cristo obedeció perfectamente la voluntad de Dios al reprender el pecado y al pecador dondequiera que se manifieste (Lucas 13:1-5). Obedeció en lugar de nosotros y, además, sufrió en la cruz el castigo que este pecado de complicidad merece. Llevando nuestro pecado padeció el desprecio de su Padre en sustitución de nosotros (Isaías 53:5; Mateo 27:46).

Como resultado de los méritos de Cristo, Dios ya no está enojado con nosotros. En gratitud queremos unirnos a Cristo en su guerra contra el pecado; primero, reprendiendo a quienes, sin arrepentirse, persisten en su pecado; y segundo, proclamando el perdón que trae el evangelio a quienes están atemorizados por su triste condición pecaminosa.

Oración:

Señor, te pido que abras mis labios para que oportunamente exponga tu ira sobre los impenitentes y anuncie tu perdón sobre los arrepentidos. Amén.