MEJORAD VUESTROS CAMINOS Y VUESTRAS OBRAS

Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré habitar en este lugar. No fiéis en palabras de mentira, diciendo: ‘¡Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este!’

—Jeremías 7:3, Reina Valera 1995

Algunas personas llevan un crucifijo en el pecho imaginando que les brinda alguna clase de protección. Otras colocan un ejemplar de la Biblia cerca de las ventanas para que los ladrones no entren. Algo similar sucedía entre el pueblo de Israel en tiempos del profeta Jeremías. Ellos se imaginaban que el templo en Jerusalén les protegía y que nunca sería destruido. Pero confiar en las cosas, por muy sagradas que sean, no puede salvar a nadie. La única forma de salvación viene por la fe en el Señor Jesucristo. En los tiempos del sacerdote Elí la incredulidad de la gente resultó en que el Arca del pacto se perdiera. En los tiempos de Jeremías, la incredulidad de la gente les iba a acarrear la pérdida del templo.

La sola idea de perder el templo, el centro de la adoración de Israel, era tan chocante que el mismo Jeremías se asustó ante esa posibilidad. Por eso suplicó al Señor que tuviera misericordia. Dios, conociendo el corazón de Jeremías, le ordenó que no intercediera por su pueblo. La idolatría había carcomido la fe del pueblo y se constituyó en un asunto de familia, pues todos ellos estaban implicados en la adoración a los dioses falsos. La «reina del cielo», la diosa de la fertilidad (Istar, Astarté) identificada con la luna era a quien ofrendaban panecillos en su ritual de adoración. Al Señor no le quedaba más que juzgarlos y condenarlos por su pecado.

Muchas personas aplican este pasaje a los católicos adoradores de María, a quien también llaman reina del cielo. Es verdad que Dios todavía está en contra del culto a las criaturas (santos, vírgenes, elementos naturales, etcétera) y siendo celoso condena tal idolatría. Pero también es verdad que hay idolatría entre los no católicos. Cada vez que desobedecemos cualquier mandamiento de la ley moral nos constituimos en dioses para nosotros mismos y así somos idolatras de nuestro ego al que obedecemos por encima de Dios. Eso es pecado, independientemente de si conocemos la doctrina verdadera o no, y Dios lo condena. Por eso merecemos toda su ira en el infierno eterno junto con todos los demás idólatras. Pero Gracias a Dios que envió a Jesucristo como nuestro sustituto. Él obedeció perfectamente la voluntad del padre y venció la idolatría en cada momento que fue tentado (Mateo 4:7-10). En la cruz, padeció por nosotros el castigo que merecemos. En gratitud vamos a querer temer y amar a Dios y confiar en él sobre todas las cosas.

Oración:

Señor, te pido que por el poder de tu evangelio fortalezcas en mí la fe salvadora y, así, me guardes de toda idolatría Amén.

 

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