CUANDO LOS SANTOS REINAN

Entonces se dará a los santos, que son el pueblo del Altísimo, la majestad y el poder y la grandeza de los reinos. Su reino será un reino eterno, y lo adorarán y obedecerán todos los gobernantes de la tierra.

—Daniel 7:27

Jesucristo, el Mesías prometido, no gobierna solo y esto es lo que le es mostrado a Daniel. En el reino de los cielos Jesucristo es el rey eterno, pero también los santos gobiernan con él. El pasaje de la meditación de hoy nos muestra la victoria del reino de los cielos manifestada en la segunda venida de Cristo. Los santos, el pueblo del Altísimo, son todos los creyentes, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento, que fueron justificados por la sola gracia mediante la fe sola (Habacuc 2:4, Romanos 3:19-20, 28).

Aunque el fin del mundo todavía no ha llegado, Jesucristo reina hoy en todo el universo. Nada escapa de su poder (Mateo 28:18), y junto con él los santos gobiernan también. ¿Cómo sucede? Cuando en un país las autoridades civiles están estorbando el avance del evangelio los santos de ese lugar no necesitan solicitar firmas y hacer marchas pidiendo libertad para predicar. Ellos conocen al que tiene todo el poder y acuden directamente a él para pedir «especialmente por los gobernantes y por todas las autoridades, para que tengamos paz y tranquilidad, y llevemos una vida piadosa y digna.» (1 Timoteo 2:2) Los santos, siendo la iglesia militante aquí en la tierra, tienen especial interés en la expansión del reino y por eso oran a diario suplicando cada una de las peticiones que el rey les enseñó que pidan en la oración conocida como Padre Nuestro. Saben que las tres primeras peticiones tienen especial relevancia y por eso suplican a Dios «santificado sea tu nombre». Con esa petición piden que haya personas que adoren al Señor en espíritu y en verdad. Para que eso suceda suplican «venga tu reino y hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»

En la visión de Daniel el único que está en la presencia de Dios es Jesucristo. Él es el único que tiene el derecho y los méritos para pedir a Dios todo. Sin embargo, Jesucristo obedeció perfectamente la voluntad de Dios y con su sangre derramada pagó completamente el castigo que merecemos. Es por esos meritos de Cristo, como nuestro sustituto, que nuestras peticiones pueden ser oídas y concedidas por Dios, cuando son conforme a su voluntad (1 Juan 5:14).

Oración:

Señor, te doy gracias porque por los méritos de Jesucristo tengo libre entrada a tu presencia para poder presentarte mis peticiones diarias. Concédeme, te suplico, la sensatez necesaria para pedir según tu voluntad y no según la mía.  Amén.

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