LA LIBERTAD NO ES GRATIS

Así que, si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres. Juan 8:36

La llama “Señorita Libertad”, a esa estatua que tiene las uñas tan grandes como platos para la cena, que mide 45 metros desde las sandalias hasta la antorcha. Pero no es el tamaño lo que más impresiona, sino el mensaje que está escrito en su pedestal: «Dame a tus cansados, a tus pobres, a tus masas acurrucadas que anhelan respirar libremente” La Estatua de la Libertad todavía está en pie en el puerto de Nueva York, y todavía nosotros somos libres. Pero nuestra libertad no se logró sin pagar un precio: miles de personas dieron su vida en cuatro grandes conflictos en el siglo 20, solo para que la Señorita Libertad pudiera tener la frente en alto y para que nosotros podamos respirar libremente.

“La cruz del Calvario” es como llaman a esos maderos erigidos en la colina en forma de calavera. La madera desapareció hace mucho tiempo, pero no la libertad que fue ganada ahí. En esa cruz, el Hijo de Dios ganó una libertad mucho más preciosa que cualquiera otra en el mundo. Esa cruz habla de la libertad de la maldición del pecado y de la esclavitud a Satanás. No más remordimientos acusadores de una conciencia traspasada por la culpa; no más lucha frenética para asegurarnos la salvación con nuestras obras inútiles. No más temor escalofriante a la fría cámara de la muerte. El Hijo nos ha liberado.

Esa libertad también tuvo un precio. Hace cerca de dos mil años, el Dios Hombre colgó de esa cruz soportando lo peor que tanto la tierra como infierno podrían dispensar. Y de esa manera, les aseguró la plena libertad, con el pago total de todos los pecados, a todos los pecadores de todos los tiempos. Ahora, él me ofrece a mí esa preciosa libertad, de manera gratuita; es mía sin ningún costo. Soy libre para vivir para Dios y con Dios en la tierra y en la eternidad.

Oración:

Bendito Salvador, te pido que me ayudes a atesorar la preciosa libertad que tú has ganado para mí. Amén.