“Sino que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres” (Filipenses 2:7).

ÉL INTERCEDE POR NOSOTROS 

Cuando Cristo se hizo semejante a los hombres, se despojó a sí mismo de la plenitud de gloria que era suya como Dios eterno. Podemos decir que Cristo se desvistió de su gloria divina. Hizo sus poderes a un lado y no los usó.

Sí, siguió siendo Dios, pero su gloria divina la sustituyó por el rol de un siervo. El Hijo de Dios se convirtió en esclavo. En vez de que le sirvieran a él, sirvió él mismo. En lugar de que le lavaran los pies, él lavó los pies de sus discípulos. Nunca renunció a su divinidad, pero asumió nuestra naturaleza humana como el Dios-hombre. En esa forma, como el Dios-hombre, “tomó forma de siervo”.

Cada día intentamos de todo corazón poner atención al llamado del Salvador de seguirlo. Sin embargo, somos plenamente conscientes del hecho de que con frecuencia resbalamos y caemos por el camino. Al darnos cuenta de nuestra debilidad, hay el peligro de que podamos comenzar a desesperarnos. Cuando pensamos en la majestad de Dios, en que es todopoderoso y en que su santidad no puede soportar el pecado, Dios parece estar muy alejado. Es tan diferente de la gente titubeante y tambaleante que vive en la tierra. Que Dios deba preocuparse por nosotros parece poco probable, o acaso imposible. Tales sentimientos vienen cuando una persona comienza a pensar acerca de Dios en su majestad aparte de Cristo.

En esos momentos de tentación, debemos recordar que Cristo vino del trono de Dios, ocultó su poder y su gloria como verdadero Dios, y se hizo hombre, hecho bajo la ley. Fue tentado en todos los sentidos, igual que nosotros. Satanás se acercó a él en el desierto y lo tentó con una oferta de poder, pompa y prestigio terrenales; Satanás lo atacó por medio de los escribas y los fariseos cuando obstinadamente le siguieron los pasos y trataron de atraparlo en sus enseñanzas. Satanás le ofreció su realeza, gloria y honor para que se apartara de su batalla contra él y el pecado. Fue tentado más profundamente que ninguno de nosotros, sin embargo, resistió hasta el final.

Este Cristo es quien intercede por nosotros ante el Padre. Es un amigo que nos comprende mejor de lo que nosotros nos conocemos a nosotros mismos. Extendió su mano a Judas y a Pedro cuando Satanás les tendió una trampa. Él comprendió. Pero Judas no quiso un Salvador del pecado; quiso dinero. Sin embargo, Pedro volvió a Jesús arrepentido y encontró perdón. Cristo comprende nuestros problemas, el problema del pecado, la debilidad de nuestra carne. Tiene la única respuesta para nuestras necesidades: limpieza y perdón. Que Dios se encargue de nuestra causa. Depositemos toda nuestra confianza en su misericordia, y nuestra causa prosperará.

Oración:

Gracias, Padre celestial, por enviarnos un Salvador que comprende nuestras necesidades y tentaciones, y puede librarnos de ellas. Amén.

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