POR MÍ, ÉL FUE CRUCIFICADO

[Cristo] me amó y dio su vida por mí. Gálatas 2:20

“¿Por mí?” exclama la joven esposa al abrir el regalo que ella difícilmente se atrevería a esperar. Pocas son las veces en la vida que recibimos algo inesperado e inmerecido, para poder utilizar esas palabras. Sin embargo cuando miramos la cruz en el Calvario, esa expresión se da en nuestros corazones y en nuestros labios. “¡Por mí!” Todo esto lo hizo el Salvador por mí, a pesar de ser yo totalmente indigno.

¿Qué ató a Jesús en ese horrible árbol? No fueron hilos de cáñamo puestos apresuradamente alrededor de sus manos en las sombras del Getsemaní, ni el odio de la multitud gritando por su sangre. Ni siquiera el injusto mandato de Pilato, o los clavos que traspasaron la carne de Cristo. Fue el poder de su amor. En la eternidad, el amor divino había decretado que el Cordero de Dios fuera sacrificado en ese terrible altar. Ahora en el Calvario estaba consumado. El amor divino, el amor asombroso, el amor increíble, ató a Jesús a la cruz, por causa de nuestros pecados.

¡Todo esto por mí! Sus santas manos fueron traspasadas en pago por los pecados que yo cometo diariamente. Sus perfectos pies fueron heridos debido a las muchas veces que mis pies no caminan en el camino de las enseñanas de Dios. Espinas hirieron su santa cabeza en rescate por mi rebeldía, mi egoísmo, y mis pensamientos insensibles que estropean mis días. “Fue por los crímenes que he cometido que él gimió en el árbol. ¡Asombrosa compasión, gracia desconocida, y amor sin límite!” (CW 129:2).

Oración:

Sí, gracias, Señor, por el amor que crucificó a Jesús por mí. Amén.