LA PROMESA

Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar.

– Génesis 3:15 (LBLA)

«En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso». Así terminaba la historia del pastorcito mentiroso que narraba mi primer libro de lectura. ¿Prestaría atención a las palabras de una persona conocida por ser mentirosa? ¡Por supuesto que no!

Adán y Eva comieron del árbol prohibido y así perdieron la dicha del paraíso. Cuando Eva escuchó los engaños de la serpiente, ella no sabía que el diablo «no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira» (Juan 8:44). Ella le creyó ciegamente. No había razón para dudar de lo que Dios les había dicho en su Palabra.

Dios, en su inmensa misericordia, anunció la venida del Salvador con las palabras del texto que hoy meditamos. Allí Dios promete que la simiente de la mujer vencerá a Satanás («Y a tu simiente, la cual es Cristo» Gálatas 3:16). Estas palabras son el primer evangelio que encontramos en la Biblia. El evangelio es una promesa incondicional. Dios promete suministrar un Salvador y nuevamente no hay razón para dudar de su palabra.

Sin embargo, Satanás sigue engañando y mintiendo negando la verdad bíblica. Hoy quiere corromper el evangelio añadiendo requisitos que Dios nunca exigió para brindar la salvación gratuita. El evangelio puro es totalmente incondicional. No exige nada de nosotros para salvarnos. Toda condición añadida es de procedencia satánica. No obstante, el evangelio no se aplica a todos. ¿Cómo así?

Cuando Dios buscó a Adán y Eva, ellos estaban escondidos pues habían pecado. Eran pecadores impenitentes, no arrepentidos. En esas circunstancias, Dios no les habla primero el evangelio. Primero les muestra su pecado (ese es el uso de la ley moral como un espejo), y después les dice las consecuencias de su pecado (ellos habían sido advertidos antes). Es después de que Adán y Eva comprenden la magnitud de su pecado, que Dios les anuncia el evangelio, y en ese evangelio les imparte la fe que hará de ellos pecadores arrepentidos.

Dios no ha cambiado (Malaquías 3:6; Hebreos 13:8) y todavía su ley exige, pero su evangelio es incondicional. En gratitud a la doble sustitución vamos a querer mantener el evangelio incondicional al predicarlo.

Oración:

Amado Padre, guárdame de contaminar tu evangelio al tratarlo como si fueran mandamientos de ley. Amén.

Meditaciones son presentadas por Publicaciones Multilingües-WELS y www.CristoPalabraDeVida.com.

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