LE DESEAMOS UNA FELIZ NAVIDAD

Aunque te hayas enojado conmigo. Tu ira se ha calmado, y me has dado consuelo. ¡Dios es mi salvación! Confiaré en él y no temeré. Isaías 12:1,2

Los que cantan canciones de Navidad muchas veces terminan con el familiar canto: “Les deseamos una feliz Navidad”. Ese era el saludo que Isaías tenía para los Israelitas. Dios, en su ira por el pecado, los había abandonado por un tiempo. Sin embargo, envió a su profeta para consolarlos con las buenas noticias de que la salvación estaba cerca. La salvación estaba todavía a setecientos años de distancia; pero Isaías la vio como si ya estuviera en su propio día. Con los ojos de la fe, se puso de rodillas delante del humilde establo del Salvador, como hicieron los pastores; tomó al Redentor en los brazos de su fe, como hizo Simeón. El Salvador venidero era la feliz Navidad que Isaías había deseado para los pecadores de Israel.

¿Y qué hay de mí? ¿Me parezco a Isaías, lleno hasta rebosar de todo lo que es la Navidad? ¿O mi alegría se ha desgastado y se ha vuelto débil? Para que yo tenga una feliz Navidad, en primer lugar tengo que mirar más de cerca no al niño Cristo sino a mí mismo. Un antiguo poema galés cuenta que un día el Creador revisó los cuerpos celestes. Mientras pasaban por ahí el sol, la luna y las estrellas, Dios sonreía; pero cuando se acercó la tierra, se sonrojó; vio a toda la raza humana de manera colectiva e individual bajo la oscura sombra del pecado. Quizás la Navidad no es tan feliz para mí porque no me sonrojo lo suficiente; no miro con la frecuencia y la honestidad suficiente mis pecados. La Navidad se vuelve tanto más feliz para mí, cuanto más reconozco lo mucho que la necesito, y a su mensaje. La buena noticia de que la ira de Dios se ha calmado, y envió a su Hijo para ser mi Salvador, es motivo de alegría. Para mí, la feliz Navidad es verdaderamente feliz en Cristo.

Oración:

Señor, te pido que hagas feliz mi Navidad con la noticia de tu salvación. Amén.