“¡Crea en mí un corazón limpio! ¡Renueva en mí un espíritu de rectitud!” (Salmo 51:10).

UN CORAZÓN LIMPIO

El apóstol Pablo se quejó de su naturaleza pecaminosa. Dijo que esta “se rebela” contra su nueva naturaleza y lo “mantiene sujeto a la ley del pecado” (Romanos 7:23). Incluso en un cristiano, el corazón humano es una zona de guerra. La naturaleza pecaminosa, aliada con el enemigo, suscita pensamientos y planes pecaminosos.

El rey David lo sabía tan bien como cualquiera. Cuando pronunció las palabras de nuestra lectura, había pasado por un período de pecado e impenitencia que reafirmó la verdad de que era un pecador de nacimiento. Había cometido adulterio con la esposa de uno de sus soldados. Había matado al esposo de ella, después de enterarse de que estaba embarazada. Había acallado este pecado en su corazón durante nueve largos meses. Pero el Dios de la gracia lo llamó a la fe. Ahora, con la inmundicia de su corazón claramente fija en su mente, pidió a Dios un corazón limpio. Y el Señor limpió su corazón de toda culpa.

¿Quién no anhela un corazón limpio? Nosotros también hemos pecado. En un tiempo pensamos que el pecado no nos haría daño. Creímos que era una buena idea. En secreto, esperábamos que sería olvidado. Pero Dios señaló el horror de nuestro pecado y nos llamó al arrepentimiento.

Cuando usted se arrepiente de su pecado, sinceramente desea cambiar su corazón. Después de todo, arrepentimiento significa “un cambio de corazón”. Su actitud hacia el pecado se invierte. Lamenta lo que hizo. Sabe que fue hiriente y una tontería. Sabe que fue una ofensa contra Dios y no quiere repetirla. Pero conociendo su corazón pecaminoso, ¿cómo espera cambiar?

La esperanza que usted tiene de un corazón limpio comienza cuando Dios perdona su pecado. El amor y el perdón de Dios crea una nueva criatura en nosotros que es pura y limpia. ¿Acaso lo perdona Dios simplemente para que pueda comenzar otra ronda de pecados? ¡No! El David arrepentido no quería otra cosa sino que Dios le diera una victoria tras otra a su nuevo hombre. Quería un espíritu que no volviera a tomar una actitud frívola hacia el pecado, un espíritu inquebrantable que no deseara otra cosa sino agradar a su Señor.

Oración:

Señor, admito que soy débil y pecador. Puesto que tendré esta naturaleza pecaminosa mientras viva, anímame a no rendirme ante el pecado y ante Satanás, porque me desanimo con facilidad. Mi corazón nunca ha sido puro, y algunas veces ni he tratado de vencer el pecado. Perdóname, Padre, y purifica mi corazón. Dame poder para resistir la tentación, y fe para acudir a ti en mi debilidad. Permite que tu Espíritu Santo me guíe y me sustente por medio de la fe. Amén.

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