LA GRAN MISERICORDIA DIVINA

Préstanos oído, Dios nuestro; abre los ojos y mira nuestra desolación y la ciudad sobre la cual se invoca tu nombre. Al hacerte estas peticiones, no apelamos a nuestra rectitud sino a tu gran misericordia

—Daniel 9:18

El profeta Daniel, en el capítulo al que pertenece el texto de la meditación para hoy, registró la significativa deprecación que elevó al Señor tras haber leído la profecía de Jeremías. La plegaria de Daniel es una oración modelo para todos los hijos de Dios de todas las épocas. Aunque ocupa casi dos tercios del capítulo 9, con frecuencia es pasada por alto por predicadores, comentadores, estudiosos de la Biblia e inclusive por el lector común. Esto se debe al gran interés que despiertan las afirmaciones de los cuatro últimos versículos del capítulo. Sin embargo, si dirigimos nuestra atención a la oración de Daniel encontraremos que nos puede enseñar a confesar humildemente nuestros pecados, a implorarle a Dios misericordia, a aferrarnos a él y a su promesa, y mediante todo eso buscar también su gloria.

Puesto que todos los seres humanos hemos heredado la pecaminosidad de Adán no somos dignos de ser escuchados por Dios. Nosotros no tenemos ningún derecho inherente a una audiencia con Dios, el Padre, ya que orar no es nuestro derecho natural. Jesús es el único que tiene este derecho inherente, ya que él es el único que por naturaleza agrada al Padre. Jesucristo dijo una vez: «El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque siempre hago lo que le agrada.» (Juan 8:29). Él es perfecto en su obediencia a todas las leyes del reino. Por eso, el Padre siempre escucha a Jesús cuando ora. Dios siempre escucha a quienes lo complacen, a quienes son justos ante él. «Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos, atentos a sus oraciones.» (1 Pedro 3:12). Jesús es el único que puede decir que es justo por sí mismo; por lo tanto, Jesús nunca deja de tener una audiencia con el Padre. Ninguno de nosotros puede esperar que sus peticiones a Dios sean escuchadas en base a méritos propios como sucede con el caso de Jesucristo. Por esto Daniel enfatiza que su petición la presenta apelando a la misericordia de Dios. Recurrir a la misericordia de Dios significa aferrarse a los méritos de Jesucristo conociendo que él obedeció perfectamente toda la voluntad de Dios en lugar de nosotros y como nuestro sustituto; y que, además, fue a la cruz para recibir el castigo que merecemos. En gratitud por los méritos de Cristo que nos han sido atribuidos gratuitamente, vamos a querer orar apelando a la misericordia de Dios, como lo hizo Daniel.

Oracion:

Misericordioso Dios, no merezco entrar en tu presencia. Pero gracias a los méritos de Jesucristo, mi doble sustituto, tengo amplia entrada. Es en base a eso que te suplico me concedas ser un siervo que ora sin desmayar.  Amén. 

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