MÁS PERMANENTE QUE LAS MONTAÑAS

“Aunque cambien de lugar las montañas y se tambaleen las colinas, no cambiará mi fiel amor por ti ni vacilará mi pacto de paz, —dice el Señor, que de ti se compadece—. Isaías 54:10

Las montañas están entre las cosas más permanentes que conocemos sobre la tierra. Un sólido pico blanco en Alaska, al ser medido dio más de 6000 metros de altura. Este monte, llamado Monte Mckinley por nosotros y Denali por los nativos, la montaña más alta del norte de los Andes, estaba ahí mucho antes de que los exploradores lo encontraran y le dieran un nombre; y va a estar ahí por mucho tiempo después de que nos hayamos ido.

Aun si un terremoto llegara a nivelar el Monte McKinley con la tierra, el amor de Dios seguiría permaneciendo. Ese es un amor “infalible” que nada puede destruir. Es un amor que brilla con más grande resplandor sobre otro monte, el que se llama Calvario. Por esa colina el mismo Hijo de Dios subió la montaña más empinada de este mundo; tomó la inmensa carga de los pecados del mundo, la llevó por todo el camino hasta el furor del infierno, y plantó victoriosamente la bandera de la salvación en el huerto de José. Y por lo que él hizo, yo, el pecador, ahora tengo paz con Dios; él es mi Padre y yo soy hijo suyo. El cielo es mi hogar, y él me va a llevar a ese lugar. Su amor, que es inquebrantable en este mundo y que se extiende hasta el próximo, me da esa seguridad.

En nuestros dos viajes a Alaska, tratamos de ver el monte McKinley, pero no pudimos porque la estación ya estaba muy avanzada y las nubes eran demasiado espesas. Gracias a Dios la vista del monte Calvario y del infalible amor de Dios es siempre clara.

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Oración:

Señor, te pido que me lleves al santo monte del Calvario, para que me des la seguridad de tu amor infalible. Amén.