LOS SETENTA AÑOS

En el primer año de Darío hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos, en el primer año de su reinado, yo, Daniel, miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, en los que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén: setenta años. Volví mi rostro a Dios, el Señor, buscándolo en oración y ruego, en ayuno, ropas ásperas y ceniza.

—Daniel 9:1, RV95

¿Aparta usted tiempo para leer la Biblia cada día? En la actualidad muchas personas sí lo hacen. Aunque el avance de la tecnología ha facilitado el acceso inmediato al texto bíblico, no ha eliminado la mala interpretación de la Palabra de Dios. Los seres humanos somos pecaminosos de nacimiento puesto que hemos heredado el pecado de Adán. No somos pecadores porque pecamos. Al contrario, pecamos porque somos pecadores. Daniel conocía esta realidad y sabía que leer la Biblia confiando en su propia sabiduría para entenderla podía llevarle al error. Por eso, cuando leyó la profecía de Jeremías que dice «Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar.» (Jeremías 29:10) Daniel buscó a Dios «en oración y ruego, en ayuno, ropas ásperas y ceniza.». En tiempos de Daniel el ayuno, las ropas ásperas, la ceniza y la oración rogativa significaban una sola cosa: arrepentimiento.

El arrepentimiento genuino es la condición ineludible para acercarse a la Palabra de Dios para interpretarla. Las herejías nacen en corazones no arrepentidos, impenitentes. El arrepentimiento consta de dos elementos: El primero es la contrición o dolor por haber pecado (Daniel lo evidencia al confesar su pecado y el de su pueblo) El segundo es la fe que confía en la misericordia de Dios para el perdón del pecado. Ninguno de estos dos elementos puede ser producido por la voluntad humana. Tanto la contrición como la fe son obra del Espíritu Santo actuando mediante la Palabra de Dios. Con la ley, el Espíritu Santo nos convence de pecado y juicio, nos golpea y causa terror al punto de la desesperación. Con el evangelio consuela al corazón aterrorizado y le otorga el don de la fe salvadora. La ley moral nos dice: «Haz pecado contra Dios y por tanto mereces padecer toda su ira en el fuego del infierno eterno». El evangelio nos dice: «Jesucristo ha obedecido perfectamente la ley y ha padecido en la cruz toda la ira de Dios, en lugar tuyo, por tanto tienes libre entrada al cielo». El evangelio produce gratitud, y en gratitud vamos a querer vivir en arrepentimiento diario.

Oración:

Señor, te suplico que, por tus medios de gracia, en mí aflore tal gratitud que con gozo quiera vivir en continuo arrepentimiento para así me acercarme a tu Palabra. Amén.

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