QUE DUERMA BIEN

En paz me acuesto y me duermo, porque solo tú, Señor, me haces vivir confiado. Salmo 4:8.

“Que duerman bien”, nos decía mi mamá mientras subíamos la escalera para ir a acostarnos. A veces añadía también, con humor: “No dejen que los chinches los muerdan”. El salmista dice lo mismo, aunque deja por fuera a los chinches.

A veces no es fácil conciliar el sueño: los problemas de la vida se apoderan de mi mente y no me puedo dormir; el enorme peso de las preocupaciones de la vida no me permiten poner en marcha el reloj del sueño cuando mi cabeza toca la almohada en la noche. Muchas veces son solo cosas pequeñas, pero se presentan como gigantes delante de mí. ¿Y qué pasa con mis pecados del día? ¿Cómo puedo pretender que no sucedieron? ¿Cómo puedo acostarme a dormir como si no tuvieran ninguna importancia? Si estoy preocupado porque un día estaré delante de Dios en el cielo, tengo muchas razones para permanecer despierto y lleno de temor.

¿Quiero dormir bien? Hay una manera, que está ligada a la gracia de Dios. Dios no solo me promete que envía a sus ángeles para que me cuiden durante la noche; también me da la seguridad de que me ha hecho suyo por toda la eternidad. Por medio del pago que hizo su Hijo de todos mis pecados, y por la fe que su Espíritu obró en mí, me ha hecho hijo suyo amado, y me dice: “que duermas bien”, y lo hace posible. Como hijo suyo redimido, restaurado y perdonado, puedo acostarme y dormir en paz, porque él me hace vivir confiado. Y esa confianza me cubre cada noche, incluso mi noche final.

Oración:

Señor, te doy gracias por la paz que me das por medio de Jesús; te pido que me ayudes a dormir bien por causa de esa paz. Amén.