“Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, sino que todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28)

UNIDOS COMO IGUALES

Mostrar favoritismo puede destruir a una familia. Si los padres muestran más amor y más cuidado por uno de los hijos, los otros hijos pueden con facilidad sentir celos del hijo preferido. El hijo que es favorecido puede tender a menospreciar a sus hermanos o hermanas. ¡Los padres necesitan amar a sus hijos por igual, porque el favoritismo no tiene cabida en la familia!

Dios no muestra favoritismo. Trata a cada uno de los miembros de su familia de la misma manera. Dios no se preocupa de dónde vienen sus hijos, si son hombres o mujeres o qué trabajo desempeñan. ¡Todos son iguales delante de Dios: igualmente pecadores e igualmente perdonados! Los hijos de Dios comparten la misma necesidad. “Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Cada cristiano se presenta delante de Dios como pecador, alguien que no merece sino el castigo eterno de nuestro Señor santo y justo. Ningún cristiano puede alardear de que él o ella es mejor o que merece más la gracia de Dios que cualquier otro miembro de la familia de Dios. ¡Ninguno de nosotros merece la gracia de Dios!

Todos los hijos de Dios comparten el mismo perdón. Juan el Bautista describió a nuestro Salvador y su misión con estas palabras: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Jesús fue a la cruz por toda la gente de todos los tiempos. Al sufrir la agonía, estaba satisfaciendo la demanda de su Padre de que cada pecado debe ser castigado. Jesús pagó el precio por cada pecado cometido y que se va a cometer en toda la historia del mundo. No se excluye ningún pecado ni a ningún pecador. Por medio del don de la fe que otorga el Espíritu Santo, este perdón viene a ser nuestro. ¡Todos somos miembros iguales de la familia de Dios, porque todos somos igualmente perdonados!

Debido a que compartimos el perdón como miembros de la familia de Dios, también compartimos un propósito común. Dios quiere extender su familia a medida que compartimos las buenas nuevas de Jesús con los demás en nuestras vecindades y por todo el mundo. Aunque nuestros talentos y roles en la iglesia del Señor puedan diferir, nuestra meta sigue siendo la misma. Queremos crecer en amor por nuestro Padre, quien ama a todas las personas por igual. ¡Queremos compartir su palabra con los demás a fin de ganar a más hermanos y hermanas para la familia de Dios para toda la eternidad!

Oración:

Señor Jesús, dame fe para hablar de tu amor a los demás. Entonces obra mediante mi simple testimonio para atraer a otros a tu iglesia.

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