LA ORACIÓN DE ARREPENTIMIENTO

Abre, Señor, mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Aún si yo te ofreciera sacrificios, no es eso lo que quieres; ¡no te agradan los holocaustos! Los sacrificios que tú quieres son el espíritu quebrantado; tú, Dios mío, no desprecias al corazón contrito y humillado.

— Salmo 51:15-17, Reina Valera Contemporánea

A través de los siglos destacados siervos de Dios han pecado. Muchos de ellos fueron restaurados a la comunión con Dios en arrepentimiento. El texto que hoy meditamos fue escrito por el rey David como resultado de su arrepentimiento.

Cuando un pecador entraba en conciencia de la gravedad de su pecado no era extraño que manifieste su dolor tal como se expresaba la angustia en aquellos tiempos: rasgar las vestiduras, usar ropas ásperas y cubrir la cabeza con cenizas. (Daniel 9:3 cf. Jeremías 6:26; 2 Samuel 13:19). Las cenizas en la cabeza señalaban lo frágil y efímero de la existencia humana, como lo expresó el escritor judío Jesús Ben Sirac «¡Pero el hombre no es más que polvo y ceniza!» (Sirácida 17:32) La ceniza refiere al polvo del suelo, al polvo pisoteado (Job 30:19) Las cenizas en la cabeza eran un reconocimiento de aquello que Dios le dijo a Adán al expulsarlo del paraíso: «polvo eres, y al polvo volverás.» (Génesis 3:19).

Los cristianos han conmemorado los 40 días de ayuno de Jesucristo dedicando similar tiempo a meditar en el arrepentimiento, iniciando este periodo el miércoles de cenizas de cada año. Aunque no es malo hacerlo usando ceniza real, sí es importante recordar que Dios dijo que él quiere nuestro arrepentimiento interno y genuino por encima del externo: «¿Creen que el ayuno que me agrada consiste en afligirse, en agachar la cabeza como un junco y en acostarse con ásperas ropas sobre la ceniza? ¿Eso es lo que ustedes llaman ‘ayuno’, y ‘día agradable al Señor’? Pues no lo es. El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía; en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes. (Isaías 58:5). Puesto que hemos pecado al no hacer estas cosas perfectamente como lo exige Dios, Cristo vivió una vida santa en lugar nuestro y sufrió el castigo que merecemos por nuestro pecado. En gratitud vamos a querer vivir cada día en arrepentimiento diario. Una vida con el corazón contrito y humillado por el dolor del pecado pero gozosos y confiados en que los méritos de Cristo son suficientes.

Oración:

Señor, ni siquiera mi arrepentimiento me pone en buenas cuentas contigo. Pero los méritos de tu Hijo Jesucristo sí lo hacen por mí. Por eso, en gratitud, quiero vivir en continuo arrepentimiento. Amén. 

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