ALGO PARA EMOCIONARSE

¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! 1 Juan 3:1

El partido había terminado. Habían ganado el campeonato. “Somos los mejores,” proclamaban muy emocionados mientras relampagueaban las cámaras. El equipo de mi nieta tenía razón para emocionarse.

Y nosotros también. Tenemos diversas ocupaciones, vivimos en distintos lugares, venimos de diferentes generaciones, pero a todos nos cubre un solo bendito nombre. “Hijos de Dios.” Juan dice que somos miembros de la familia de Dios, herederos de su cielo. No lo somos por naturaleza. “Éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios,” nos recuerda el santo escritor (Efesios 2:3). Cuando fuimos concebidos se nos pusieron las etiquetas de “hijos del diablo” y “herederos del infierno”. Por causa de nuestros padres pecaminosos, éramos enemigos de Dios, no hijos suyos. Sin embargo, mire en lo que nos hemos convertido. Eso es algo para emocionarse.

¿Cómo pudo llegar a ocurrir una transformación como esa? Juan me lo dice con mucha emoción: “¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que nos llame hijos de Dios!” El maravilloso amor de Dios hizo lo que era imposible por mí. Castigó a su Hijo por mis pecados. Envió a su Espíritu para que me buscara en el agitado mar de la humanidad incrédula. Por medio de su Palabra y sacramento me llevó a la fe en su Hijo como mi Salvador. Ahora, Dios me llama “hijo mío”, pero solo por causa de su maravilloso amor en Jesús. Puede ser muy emocionante ganar un campeonato, pero la verdad es que nada puede ser más emocionante que ser llamado hijo de Dios, y saber que por su infinito amor, eso es cierto.

Oración:

Señor, consérvame siempre emocionado hasta que te pueda alabar en tu cielo. Amén.