PRECIOSO A LOS OJOS DE DIOS

Cuídame como a la niña de tus ojos. Salmo 17:8

¿Es alguna parte de mi cuerpo más preciosa que mis ojos? Con ellos veo las noticias de la tarde, miro a mis seres queridos, me maravillo ante la grandeza de la creación de Dios. Considero también la manera como el Creador protege mis ojos: los rodea con un fuerte blindaje de huesos y los cubre con párpados, pestañas y cejas. Yo también trato de cuidar bien mis ojos, queriendo que me duren hasta en la vejez.

En nuestro versículo, David expresa su deseo de ser, ante los ojos de Dios, tan precioso como la parte más importante del ojo, la “niña” o la “pupila” como se la llama hoy. ¿Cómo pudo David ser tan atrevido? ¿Había olvidado David lo que en realidad era él? No, también escribió esto, de él mismo: “Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre” (Salmo 51:5). Y también se lamentó por su vida: “Contra ti he pecado, solo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos” (Salmo 51:4). ¿Niña de los ojos de Dios? ¡No!, por el contrario, más seguramente el objeto de la justa ira de Dios.

Sin embargo, David se compara, si Dios tuviera cuerpo, con la parte más delicada. Tan precioso lo había hecho Dios; y David sabía cómo había hecho Dios eso: solo fue por medio del prometido Salvador que lo iba a limpiar de todo pecado. Ese Salvador convirtió a David en un rubí, en una esmeralda, en un diamante, en una perla, para resplandecer en la corona celestial de Dios. Por causa de Jesús, David pudo volverse a Dios y orar con confianza y con fuerza, diciendo: “Cuídame como a la niña de tus ojos”. Cuando por la fe puedo orar de la misma manera, es sólo porque el Salvador me ha hecho precioso a los ojos de Dios.

Oración:

Señor, te pido que me des la seguridad de que vas a proteger mi alma aún más de lo que proteges mis ojos. Amén.