JESUCRISTO, EL CORDERO DE DIOS

Al día siguiente Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!»

– Juan 1:29.

El evangelio según San Juan originalmente fue escrito en griego. Debido al rápido crecimiento del cristianismo muy pronto fue traducido al latín, el idioma oficial del Imperio Romano. Cristo como el Cordero de Dios y su significado impactaron la fe y cultura de diversos pueblos dentro y fuera del Imperio de tal modo que muchas obras artísticas, literarias y musicales son conocidas como «Agnus Dei», expresión latina que significa «Cordero de Dios».

Desde el día que Juan el Bautista presentó a Cristo como «El Cordero de Dios», esta sola oración ha establecido el principio o norma para toda la predicación cristiana. Todo predicador fiel a las enseñanzas bíblicas dirigirá la atención de sus oyentes al «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Porque Jesús, el Cordero de Dios, se entregó a sí mismo como el sacrificio que ganó el perdón para todo el mundo pecador. Él es el Cordero de la Pascua cuya sangre nos salva de la muerte (Éxodo 12:1–13). Cristo es el cordero de la ofrenda diaria (Éxodo 29:38–41), el holocausto «sin defecto» (Levítico 1:10), la ofrenda de paz (Levítico 3:6, 7). Él es la ofrenda por el pecado por medio de la que recibimos el perdón (Levítico 4:32–35).

Todos nosotros somos pecadores, no solo porque efectivamente hemos cometido pecados, sino también porque cuando obedecemos la voluntad de Dios no lo hacemos perfectamente como él lo exige (Mateo 5:48) y por esto merecemos toda la ira de Dios. Pero Jesús obedeció perfectamente la voluntad de Dios en lugar nuestro viviendo en la carne y manteniéndose sin pecado, como «un cordero sin mancha y sin defecto» (1 Pedro 1:19). Él recibió en sí mismo el castigo eterno que merecemos cuando en la cruz satisfizo la ira justa de Dios contra el pecado de todo el mundo «como cordero, fue llevado al matadero» (Isaías 53:7) en sustitución nuestra. Para el apóstol Pablo, el Cordero de Dios es el único mensaje pues se propuso «no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de éste crucificado» (1 Corintios 2:2). Por esto, los seres celestiales, los ángeles y los santos redimidos le adoran cantando: «El Cordero que fue sacrificado, merece recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor y la alabanza», y la creación canta: «¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, sean la alabanza y la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos!» (Apocalipsis 5:12-13).

En gratitud vamos a querer cantar junto a ellos canciones que honren y glorifiquen a Cristo y lo que él hizo por nosotros. También vamos a querer desechar aquellas que glorifican a seres creados, o a nosotros mismos o nuestros propios méritos.

Oración:

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, te adoro y glorifico pues con tu cuerpo y sangre me rescataste para ti. Gracias, misericordioso Señor. Amén.