UNA PROMESA DIVINA

Por tanto, Jehová, que redimió a Abraham, dice así a la casa de Jacob:

«No será ahora avergonzado Jacob ni su rostro palidecerá, porque verá a sus hijos, que al considerar la obra de mis manos en medio de ellos, santificarán mi nombre. Santificarán al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel. Y los extraviados de espíritu aprenderán inteligencia y los murmuradores aprenderán la lección.»

—Isaías 29: 22-24, Reina Valera 1995

La siguiente cita es atribuida a Benjamín Franklin: «En este mundo solo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar los impuestos». Sin embargo la Biblia enseña que hay cosas más seguras que esas dos. Por eso, el pueblo fiel de Dios mira hacia adelante pues están seguros que al final el Señor encaminará a bien todas las cosas. No importando cuánto puede que sufran, o que su corazón se fatigue y desmaye, y que su rostro se demacre por causa de los problemas, aún así el pueblo fiel de Dios mira con optimismo el futuro. ¿Por qué? Porque en Cristo, el porvenir está asegurado. Por esta razón el apóstol Pablo escribió a la congregación de Roma estas alentadoras palabras: «Considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros.» (Romanos 8:18).

En el pasaje que hoy meditamos, Isaías también dirigía a los creyentes de su época a que miraran hacia adelante. El día vendrá cuando el pecado desaparecerá y todos los creyentes estarán ante el gran Dios de gracia. Aunque el mundo de Isaías había llegado a ser en extremo malvado, aún quedaba un remanente fiel al Dios de Israel que seguía reverenciándolo y se regocijaba en sus bendiciones. Isaías proclama el gran triunfo del evangelio, por ese medio Dios levantará nuevas generaciones de creyentes. Los más jóvenes inspirarán a las generaciones de más edad a ser fieles. El evangelio continuará cambiando el corazón humano de manera que no se queje más, sino que acepte con gusto la instrucción de Dios. El Espíritu Santo seguirá usando las buenas nuevas para: llamar, reunir e iluminar a los creyentes que confesarán su fe en el Santo de Jacob y se asombrarán ante toda la gracia y misericordia de Dios.

Aunque el mal consiga vencer en algunas batallas contra la fe, el Señor dará la victoria final, como está escrito: «Así dice la Escritura: «Miren que pongo en Sión una piedra principal escogida y preciosa, y el que confíe en ella no será jamás defraudado.» (1 Pedro 2:6).

Oración:

Señor, en tus manos estoy seguro. Tú eres la roca que me sostiene. Tú fuiste mis doble sustituto para salvarme cuando yo merecía solo la ira eterna. En gratitud, quiero vivir lo que me queda aquí en la tierra confesando quién eres y lo que hiciste por la humanidad. Amén.

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