ÉSTE ES MI SIERVO, EN QUIEN ME DELEITO

Hoy les ha nacido en la Ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Lucas 2:11

Éste es mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien me deleito; […] No acabará de romper la caña quebrada, ni apagará la mecha que apenas arde. Con fidelidad hará justicia.

– Isaías 42:1-4

Hay tormentas que matan. Martín Lutero, aterrorizado por el miedo a morir en una temible tormenta, hizo un voto precipitado que lo llevaría a convertirse en monje. Los espantosos fenómenos naturales nos recuerdan cuán frágiles y pequeños somos en medio de la creación. Siervos de Dios de diferentes épocas, como Job, Moisés y David, se han preguntado ¿Qué es el hombre para que Dios lo tome en cuenta? (Job 7:17; Deuteronomio 5:26; Salmo 8:4)

El hombre es un ser en extinción. Desde el mismo momento que Adán y Eva comieron el fruto prohibido la humanidad entera cayó en la irreversible y definitiva decadencia que la conduce al infierno eterno. Los teólogos llamaron a esta decadencia con el nombre de «Depravación Total» (Romanos 1:28). Como descendientes y herederos de Adán, cada uno de nosotros es parte del problema. El mejor de nosotros es pecador, tan pecador como el peor. La Biblia nos dice que «De hecho, no hay distinción, pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Romanos 3:22-23).

¿Por qué Dios simplemente no eliminó a todos y asunto concluido? En un sentido sí lo hizo. Cuando Cristo fue crucificado en el Calvario, murió en representación de toda la humanidad. Allí, en la cruz, Dios dio fin a la especie humana. Pero lo hizo en Cristo para así poder incluirnos en la nueva humanidad hecha a la semejanza de su Hijo. Todavía estamos debilitados por nuestra naturaleza pecadora y continuamente ofendemos a Dios. Pero el profeta Isaías nos dice que Cristo, el Hijo amado de Dios, «no acabará de romper la caña quebrada, ni apagará la mecha que apenas arde». Esto significa que ante nuestra debilidad y caída no nos aplastará. No lo hará porque vino para salvarnos y cumplirá su misión.

Puesto que Cristo obedeció perfectamente y murió por nosotros, en gratitud queremos confiar en su misericordia cuando necesitamos su perdón y, en arrepentimiento, acercarnos a él para recibir su perdón a través de los medios de gracia.

Oración:

Señor, abre mis ojos espirituales para así poder ver tu amor, misericordia y perdón, cuando recibo tus medios de gracia. Amén.