“El cual fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación” (Romanos 4:25).

SU VICTORIA ES NUESTRA 

Cuando gana su equipo, los aficionados a los deportes afirman que obtuvieron la victoria, como si hubieran estado ellos en la cancha. No obstante, en realidad los únicos que pueden afirmar que ganaron son los jugadores. En el mejor de los casos, solo pueden llevarse el mérito por animarlos y dar al equipo ayuda moral. En cambio, cuando las naciones van a la guerra y una nación gana, sus ciudadanos tienen algo de derecho de afirmar que obtuvieron la victoria.

¿A quién atribuimos los méritos por la victoria sobre el pecado y la muerte? Pablo atribuye el mérito a Cristo y solo a él. Él fue entregado a la muerte por nuestros pecados. A causa de que nuestros pecados fueron atribuidos a él, fue entregado a la muerte. Usted puede decir que recibimos el mérito por la muerte de Jesús, pero únicamente porque nuestros pecados causaron su muerte.

Resucitó para nuestra justificación. Debido a que fuimos justificados, es decir, que Dios nos declaró libres de pecado, Jesús resucitó. Dios resucitó a su Hijo para anunciar que estaba complacido con el sacrificio de su Hijo. Dios resucitó a Jesús, porque había hecho todo lo necesario para librar al mundo de la culpa del pecado. En donde se ha quitado la culpa del pecado, hay vida y salvación.

La victoria no parecía que iba a ser nuestra al principio. Parecía como si los enemigos de Jesús hubieran ganado. Lo acusaron falsamente y lograron sentenciarlo a morir en una cruz. Ningún aficionado lo animó para obtener la victoria en el Calvario. Solo las voces de sus enemigos se podían escuchar cuando se burlaban de él y lo ridiculizaban. Pero cuando resucitó, los gritos de victoria se hicieron cada vez más fuertes hasta que todo el mundo escuchó a su pueblo alabarlo con cánticos.

Esto es motivo para celebrar la victoria. No celebramos lo que alguien más hizo en la cancha deportiva. Tampoco celebramos algo de lo que somos en parte responsables. Celebramos porque el Hijo de Dios se hizo el Hijo del Hombre y nos llevó a él. Nos quitó toda la rebeldía y todos los pecados, y los mató en la cruz. Cuando resucitó, nosotros también resucitamos, puros y libres de pecado. En toda la extensión de la palabra, su victoria es nuestra.

Las victorias de los reyes terrenales van y vienen. Pero el poder de la palabra hará que el pueblo cante alabanzas a nuestro Rey hasta que llegue el fin del tiempo.

Oración:

Cristo ya resucitó, ¡Aleluya! Seres todos proclamad: ¡Aleluya! Levantad el corazón, ¡Aleluya! Cielo y tierra cantan ya. ¡Aleluya! Amén. (CC 431:1)