“Porque a su debido tiempo, cuando aún éramos débiles, Cristo murió por los pecadores” (Romanos 5:6)

AMOR POR LOS PECADORES 

Los sicólogos están de acuerdo en que a la gente no le gusta verse como realmente es. Cuando la reina Elizabeth I reinó en Inglaterra, nunca fue aclamada por su belleza. A medida que pasaban los años, la escasa belleza que tenía desapareció. Para no herir los sentimientos de la reina, sus doncellas hicieron que todos los espejos del palacio se quitaran, lo que dio lugar a que un periodista escribiera: “La reina no tuvo el valor de verse como era realmente en los últimos veinte años”.

Cuando nos unimos a la congregación en el acto de la confesión los domingos por la mañana, describimos con palabras una imagen de nosotros mismos que dista mucho de ser majestuosa: “somos por naturaleza pecadores e impuros”. Las palabras pueden brotar fácilmente de nuestros labios después de usarlas por años, pero todavía son verdaderas. La condición de nuestro corazón es la de un trapo sucio y manchado. Lanzamos palabras venenosas. La excusa: “¡Bueno, ¿y qué esperabas? Soy humano!”. Pero eso únicamente pone de relieve el hecho de que los seres humanos somos pecadores culpables.

¿Acaso no tenía Dios derecho a esperar más de su creación? Tenía derecho a esperar la perfección; pero a cambio de su amor, recibió rebelión. Pablo resume con precisión la raíz de nuestro pecado, diciéndonos que éramos malvados. No solo no hemos dado en el blanco establecido por Dios; no solo no hemos estado a la altura. Por naturaleza somos completamente pecadores, hostiles y enemigos de Dios.

¡No es en absoluto una imagen agradable! No es de extrañarse que no nos guste tener el espejo de la ley de Dios que nos recuerde lo que somos, y hasta qué punto terrible debemos ser castigados. Pero así como la reina no podía hacer nada en absoluto para evitar el deterioro que viene con la edad, así de impotentes somos para cambiar la imagen de pecadores. La situación parecería sin esperanza. Siendo obstinados e incapaces, no podíamos establecer una relación amistosa con Dios.

Pero Dios, en su infinito amor y compasión, no permitió que muriéramos en nuestra debilidad. “Conforme al plan determinado y el conocimiento anticipado de Dios” (Hechos 2:23), Cristo Jesús murió por amor a todas las personas, y todas eran pecadoras. ¡Qué verdad reconfortante! Nada más piense, la muerte de Jesús no fue por accidente. Por su misericordia y deseo de salvarnos, Dios nos buscó con amor entre el cieno pantanoso de nuestra miseria. No dudó en pagar por nosotros el precio justo exigido. ¿Ha existido realmente un amor como este?

Oración:

Querido Señor, nos arrodillamos reverentes para ofrecerte nuestro agradecimiento. Permite que cada corazón creyente exclame con alegría: “Mi Salvador murió por mí”. Amén.