“Pero nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20)

POR GRACIA CIUDADANOS DEL CIELO

“Ciudadanos del cielo” es más que una frase piadosa que suena bien. Describe el gran honor que le place a Dios otorgarnos por amor a Jesús. La ciudadanía en Israel era muy apreciada en los tiempos del Antiguo Testamento. La ciudadanía romana era muy apreciada en los tiempos del Nuevo Testamento. La ciudadanía estadounidense es muy apreciada en nuestros días. ¡Pero cómo podemos empezar a comparar alguna de esas ciudadanías con la ciudadanía celestial!

Los reinos de este mundo llegan a su fin. Son constantemente vulnerables. Los ciudadanos de este mundo tienen que cambiar su fidelidad a medida que sus gobernantes y gobiernos cambian. La ciudadanía terrenal nunca es segura, y su pérdida eventual es inevitable. Pero la ciudadanía celestial pertenece a un reino que nunca terminará y nunca cambiará. Este reino permanece firme y seguro, debido a que Jesús lo está defendiendo y a los que están en él. Al ciudadano del cielo no le quitarán su ciudadanía, tampoco terminará su ciudadanía cuando muera. Tiene “una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera. Esta herencia les está reservada en los cielos” (1 Pedro 1:4).

El corazón de la bendición de la ciudadanía en el cielo es que los ciudadanos son el pueblo redimido de Dios. Es el pueblo al cual Dios le ha otorgado su misericordia en Jesucristo. Es el pueblo que ha sido librado de la condenación y de la destrucción que pertenecerá a los enemigos de Dios. En vez de ser separados de Dios como extranjeros y desconocidos, a causa de Cristo nos hemos convertido en ciudadanos con los santos y miembros de su familia.

Debemos valorar mucho nuestra ciudadanía. No es algo que los seres humanos puedan alcanzar o merecer por sus propios esfuerzos, sino Dios la otorga por su gracia. Somos ciudadanos del cielo, porque Jesús ganó un lugar para nosotros allí con la expiación de su muerte en la cruz. Selló nuestra ciudadanía en el cielo con su resurrección. Y ascendió a los cielos con el fin de preparar un lugar para nosotros allí.

A través de la invitación del evangelio, el Espíritu Santo nos lleva a creer esas maravillosas verdades con respecto a Cristo. Por las promesas poderosas de Dios en las Escrituras, se nos asegura que pertenecemos a Cristo y que el cielo nos pertenece a nosotros. Las personas pueden robarnos la vida en la tierra. Pero nadie, no, nada, puede separarnos del amor de Dios en Cristo ni privarnos de nuestra ciudadanía en el cielo.

Oración:

Te agradecemos, Señor, porque nos has llamado a tu reino de gracia y de misericordia. Nos alegramos porque has perdonado nuestros pecados y escrito nuestros nombres en el libro de la vida. Amén.

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