MALDITO EL HOMBRE QUE CONFÍA EN EL HOMBRE

Así dice el Señor:

«¡Maldito el hombre que confía en el hombre!

¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza

y aparta su corazón del Señor!

Será como una zarza en el desierto:

no se dará cuenta cuando llegue el bien.

Morará en la sequedad del desierto,

en tierras de sal, donde nadie habita.»

—Jeremías 17:5,6

En mi juventud era muy perspicaz. Por eso solía descartar el consejo de los demás, y por lo general las cosas me salían bien. Llegué a pensar que tenía una mente privilegiada y poderosa. Pronto descubrí que yo no era tan poderoso como lo imaginaba. Lo que no supe entonces es cuán pecador y merecedor del infierno era al tener tal soberbia.

El apóstol Pablo, para desinflar nuestro altanero ego, pregunta: «¿Quién te distingue de los demás? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué presumes como si no te lo hubieran dado?». (1 Corintios 4:7). Efectivamente todo lo que poseemos proviene de la misericordia de Dios y nada es nuestro realmente, excepto nuestro pecado. Eso sí nos pertenece por entero.

El profeta Jeremías va más allá de querer desinflar nuestro ego y nos muestra lo pecaminoso de confiar en el poder y capacidades humanas: solo resulta en maldición. Dios quiere que confiemos en él sobre todas las cosas. Confiar en nuestras capacidades por encima del Señor es una forma de idolatría e incredulidad. La Biblia dice: «Confía en el SEÑOR de todo corazón, y no en tu propia inteligencia.» (Proverbios 3.5). Por este pecado somos merecedores de toda la ira de Dios. Pero Jesucristo vino para salvarnos de la condenación que meremos siendo nuestro sustituto. Él fue humilde y confió en Dios perfectamente y esos méritos los puso un nuestra cuenta. También fue castigado en la cruz sufriendo el desamparo del Padre en lugar nuestro. En gratitud vamos a querer confiar en Dios sobre todas las cosas.

Oracion:

Señor, mi orgullo pecaminoso continuamente me influye para hacerme creer que puedo hacer mucho sin ti. Reconozco que tú odias ese pecado y por eso merezco tu ira eterna. Pero tu Hijo Jesucristo cumplió la ley en lugar mío y con su sacrificio en la cruz pagó por mis pecados. En gratitud quiero no ser soberbio y confiar plenamente en Ti. Te suplico que por tus medios de gracia fortalezcas mi fe a fin de que mi confianza esté depositada solo en Ti. Amén. 

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