JEHOVÁ DIOS, CREADOR DE LOS CIELOS Y LA TIERRA

Así dice Dios, el SEÑOR, el que creó y desplegó los cielos; el que expandió la tierra y todo lo que ella produce.

– Isaías 42:5

En este pasaje de Isaías Dios se revela como «Jehová Boré» (Jehová, el Creador), el que creó todo lo que existe. San Pablo, hablando de Dios como el Creador, a los no creyentes les dijo: «El Dios viviente, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos…no ha dejado de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón» (Hechos 14:15,17). Por otra parte, Santiago escribiendo a cristianos dice: «Amados hermanos míos, no erréis. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas». (Santiago 1:16-18). Tanto creyentes como no creyentes recibimos las bendiciones del Padre, quien «hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos» (Mateo 5:45). Sin embargo, necesitamos reconocer que no hemos sido agradecidos con el Padre.

Martín Lutero explicando el primer artículo del Credo Apostólico, que dice «Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra», escribe:

«Creo que Dios me ha creado a mí y a todas las criaturas; que me ha dado cuerpo y alma, ojos, oídos y todos los miembros, razón y todos los sentidos.

Y creo que Dios aún me sostiene dándome rica y diariamente vestido y calzado, comida y bebida, casa y hogar, consorte e hijos, tierra, animales y todo lo que poseo, y todo lo necesario para sostener mi cuerpo y mi vida. Dios también me conserva al cuidarme y librarme de todo mal. Y todo esto lo hace porque es mi bondadoso y misericordioso Padre celestial, y no porque yo lo haya ganado o merecido. Por todo lo cual debo darle gracias y alabarle, servirle y obedecerle. Esto es ciertamente la verdad.»

Dios, el Padre, en su bondad y misericordia, no solo nos ha creado, cuidado y protegido; también ha enviado a su Hijo a ser nuestro doble sustituto para salvarnos de la condenación eterna y, por su Espíritu Santo, nos ha engendrado como nuevas criaturas. Por todo eso, en gratitud, queremos tratar su nombre como santo, honrarle y adorarle meditando en él y orando como Jesús nos enseñó:

Oración:

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Amén.