LA PROFECÍA DE LAS SETENTA SEMANAS

Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, poner fin al pecado y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, sellar la visión y la profecía y ungir al Santo de los santos.

—Daniel 9:24, RV95

En la Biblia, además de su valor aritmético, el número siete tiene el valor simbólico de perfección y por eso se usa con relación a Dios. Cuando Jeremías profetizó que las desolaciones de Israel durarían setenta años usó tal cifra no solamente en su valor aritmético, pues setenta es el siete multiplicado por diez que significa lo completo. Entonces setenta años significaba que Dios sería quien determinaría cuando concluiría este periodo de tiempo.

Después que Daniel confesó su pecado y el pecado de su pueblo, el ángel Gabriel le reveló más detalles acerca de esa profecía. Le dijo que setenta periodos de siete estaban determinados sobre su pueblo y la ciudad santa para que se efectúe la redención. También le revela tres aspectos negativos que la redención encara (terminar la prevaricación, poner fin al pecado y expiar la iniquidad), y tres positivos (traer la justicia perdurable, sellar la visión y la profecía y ungir al Santo de los santos). Esta obra para ser cumplida durante el período de los setenta «sietes» apunta a Jesucristo. Él es el único que «se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo.» (Hebreos 9:26). Como resultado de la obra de Cristo, el avance despiadado del pecado ha sido controlado, su daño ha sido deshecho, la culpa de todo un mundo de pecadores ha sido expiada.

Del mismo modo, Cristo es quien trajo la «justicia perdurable». «Justicia» en la Biblia es «estar bien con Dios». Esta correcta relación con Dios viene al pecador por medio de la fe en el Salvador. Una segunda obra que Cristo hizo fue «sellar la visión y la profecía», lo que significa que las visiones y profecías no serían necesarias pues Cristo ya habría llegado. Finalmente «ungir al Santo de los santos» significó establecer la iglesia como Templo de Dios (sucedió en Pentecostés).

Oración:

Señor, gracias te doy que ya nuestra redención fue efectuada y que me hiciste miembro del cuerpo de Cristo, la Iglesia, el Templo que tú habitas hoy. Amén. 

 

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