DIEZMOS Y OFRENDAS

Jesús se detuvo a observar y vio a los ricos que echaban sus ofrendas en las alcancías del templo. También vio a una viuda pobre que echaba dos moneditas de cobre.

—Les aseguro —dijo— que esta viuda pobre ha echado más que todos los demás. Todos ellos dieron sus ofrendas de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía para su sustento.

– Lucas 21:1-4

Dar diezmos como ofrenda no está mal, mientras sepamos que Dios no nos obliga hacerlo. El diezmo era parte de la ley ceremonial del pueblo de Israel del Antiguo Testamento. Los cristianos de hoy no estamos bajo ese pacto. Y aunque Dios no nos exige dar diezmos, tampoco prohíbe darlos. Yerran quienes enseñan que Dios los exige a los creyentes cristianos. ¿Qué demanda Dios al respecto?

Dios quiere que ofrendemos en gratitud al Señor, para sufragar los gastos de llevar el evangelio a todo el mundo y de hacer discípulos. Pero no quiere que demos esas ofrendas motivados por la ley. Puesto que sin fe es imposible agradar a Dios, la única manera que nuestras ofrendas sean gratas al Señor es que sean hechas motivadas por el evangelio y en gratitud a la redención obrada por Cristo. Puesto que ninguno de nosotros puede afirmar que da su ofrenda con corazón perfecto, Cristo vino para hacerlo en lugar nuestro y vino también para sufrir el castigo que merecemos por nuestra avaricia y falta de liberalidad en cuanto a nuestras ofrendas. En gratitud a la doble sustitución vamos a querer ofrendar liberalmente. ¿Cómo?

Jesucristo alabó la ofrenda de la viuda. Ella dio como ofrenda todo lo que tenía para su sustento. Eso significa que ella dio más allá de sus posibilidades. El sacrificio que hizo la viuda para dar esa ofrenda era tal que se deprendió de toda seguridad económica para honrar al Señor; se dio a sí misma en ofrenda. Pablo nos dice que las iglesias de Macedonia hicieron lo mismo. Esa gratitud que mueve a dar ofrendas de corazón es un fruto de arrepentimiento y fe en Cristo.

Oración:

Señor Jesús, te doy gracias por tu Palabra, precioso tesoro que me trae las buenas noticias de salvación. Nunca podré pagar todo lo que hiciste a favor mío. Te suplico que mi corazón no sea apegado a las riquezas materiales, sino que sea libre para presentar ofrendas dadivosa y gozosamente. Amén.