“Y si ustedes son de Cristo, ciertamente son linaje de Abrahán y, según la promesa, herederos” (Gálatas 3:29)

UNIDOS COMO HEREDEROS 

En mi biblioteca tengo una colección de libros escritos por Martín Lutero y que me gusta usar. Esos libros no solo son especiales por la información que contienen, sino por la forma en que los recibí. Los recibí de mi padre, que a su vez los recibió de mi abuelo hace algún tiempo. Si Dios quiere, algún día los pasaré a alguien más de la familia. Saber que esos libros han pasado de generación en generación, hace que sean aún más especiales.

A muchas familias les gusta pasar reliquias de una generación a otra. El tesoro puede ser el reloj de bolsillo del abuelo, la mesa de cocina de roble macizo de la abuela o algo más que está lleno de preciados recuerdos de un miembro de la familia que vivió antes. Esas reliquias tienen gran valor, no solo por lo que son sino por quién las usó o las cuidó antes de que pasaran a la siguiente generación.

Como miembros de la familia de Dios, compartimos una maravillosa herencia de nuestro Padre celestial. A causa de que compartimos a un Salvador que estuvo dispuesto a dar su vida en la cruz por nosotros, compartimos el don de Dios de la vida eterna. ¡Qué gloriosa herencia nos pertenece a nosotros como hijos de Dios! Jesús mismo nos asegura: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Por medio de la fe que él ha obrado en nuestro corazón, nuestro Padre nos ha pasado una herencia que durará para siempre. Nuestra herencia celestial no se oxidará ni se estropeará. Nunca se gastará ni pasará de moda. ¡Pasaremos la eternidad con nuestro Salvador!

¡Y hay mucho más! El don de la vida eterna que Dios nos da no es solo para el futuro. ¡Nuestra herencia nos trae bendiciones para hoy también! Nuestra vida ahora tiene un nuevo significado y propósito. Ahora vivimos para dar la gloria a nuestro Padre, quien ha dado la gloria eterna a nosotros. Pablo nos recuerda que nuestra vida, ahora y por la eternidad, procede de nuestro Salvador crucificado y resucitado: “[Cristo] murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:15). Por la gracia y fuerzas de Dios, podemos vivir la herencia de la vida que tenemos ahora, mientras esperamos con gusto su cumplimiento en el futuro.

Oración:

Cristo, en nosotros queda Con rica bendición: Tu gracia nos conceda Eterna redención. Amén. (CC 297:2)

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