(Lectura de la Biblia en tres años: Génesis 30:1–24, Mateo 10:5–15)

EL FRUTO DE LABIOS QUE HONRA AL SEÑOR

Abre, Señor, mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza.

—Salmo 51:15

El Salmo 51 es la plegaria de arrepentimiento que el rey David oró después que el profeta Natán lo confrontó por tramar la muerte de Urías el Heteo para ocultar el adulterio que cometió con Betsabé, esposa de Urías.

¿Por qué trató David de esconder su pecado? Por la misma razón que, en el Edén, Adán y Eva se ocultaron de Dios después de la Caída. Queremos creer que somos buenos o, en el peor de los casos, que no somos tan malos como los demás. Adán no reconoció su culpa y argumentó que el problema era la mujer que Dios le había dado. David tampoco quiso reconocer su culpa. Pero cuando el profeta Natán le mostró lo horrible de su pecado, David admitió que él no era mejor que los demás y que merecía la condena divina. No se refugió en la falsa idea de que él era bueno y que falló esta vez. Por el contrario, dijo: «Tengo que admitir que soy malo de nacimiento, y que desde antes de nacer ya era un pecador.» (Salmo 51:5, TLA). Según 2 Samuel 12:13, David confesó su pecado e inmediatamente Natán le dijo la absolución:

— ¡He pecado contra el Señor! —reconoció David ante Natán.

—El Señor ha perdonado ya tu pecado, y no morirás —contestó Natán—.

El arrepentimiento no solo es reconocer el pecado y sentir dolor por el mal hecho. Judas Iscariote confesó que su traición era pecado, pero no confió en los méritos de Cristo para su perdón. Sabemos esto último porque se suicidó (Mateo 27:3). El verdadero arrepentimiento sí incluye dolor por el pecado y fe en el perdón, pero también manifiesta frutos de arrepentimiento. Uno de esos frutos es la confesión de fe, pues de la abundancia del corazón habla la boca. Por esto David, en el texto de la meditación de hoy, pide: «Abre, Señor, mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza». ¿Qué abunda en nuestro corazón? ¿Acaso la perniciosa idea de que algo bueno nos toca hacer para alcanzar el cielo? Los creyentes vamos a querer confiar solamente en los méritos de Jesucristo para salvación y vamos a querer hacer buenas obras solo en gratitud por la salvación gratuita.

Oración:

Señor, te doy gracias porque por los méritos de tu Hijo Jesucristo tengo vida eterna y libre entrada a tu presencia. En gratitud quiero ser un creyente lleno de frutos dignos de arrepentimiento. Amén.

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