“Es difícil que alguien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena” (Romanos 5:7).

EL VALOR QUE EL AMOR DA A UNA VIDA 

“Esto que hago ahora, es mejor, mucho mejor que cuanto he hecho en la vida”. Así concluye Charles Dickens su obra clásica Historia de dos ciudades. Sydney Carton va a la guillotina y da su vida en lugar de otro. Así están hechas las buenas novelas, pero ¿cuánta verdad hay en la vida real?

“Es difícil que alguien muera por un justo”, dice Pablo en la lectura para hoy. De vez en cuando sucede. Un piloto hace que su avión averiado que cae en picada se dirija al bosque para evitar áreas pobladas. Un soldado es condecorado póstumamente por el valor suicida que salvó la vida de otros de su compañía. Pero sucesos como estos son muy raros. Incluso entonces, se da una vida por otra o por unas cuantas vidas.

¿Cuánto vale una vida?, ¿su vida?, ¿la mía? ¿Somos dignos de que alguien muera por nosotros? ¿Hay alguien más que haga el sacrificio supremo de dar su propia vida para salvarnos? Algunos podrían decir que es una pregunta injusta. Sin embargo, es la pregunta que Dios mismo hace y contesta para nosotros.

A diferencia del químico que reduce a los humanos a los elementos básicos de sus cuerpos físicos y declara su valor al precio actual del mercado, Dios ha puesto en cada alma la marca de invalorable. Él nos creó y dio vida. Isaías manifiesta justamente: “Pero tú, Señor, eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú eres quien nos da forma; todos nosotros somos obra de tus manos” (Isaías 64:8).

Tal vez alguien pueda dar su vida por la de una persona buena. Pero no éramos buenos ante Dios. Ni siquiera éramos justos ni respetuosos de la ley. Éramos pecadores, como nos lo recordó la lectura de ayer. No podíamos exigir el amor de Dios, no teníamos derecho a buscar a Dios para que nos rescatara. No obstante, el acontecimiento más improbable de todos: Dios dio su vida para perdonar a los pecadores, no solo cualquier vida sino su propia vida, la vida de su propio Hijo. El sacrificio de Dios no fue inspirado por un arranque pasajero y espontáneo de heroísmo. El amor lo planeó y el amor llevó a cabo la muerte de Jesús, no una vida por otra sino una por todas.

Tu vida, ¡oh Salvador! Diste por mí; Y nada quiero yo Negarte a Ti. Rendida mi alma está; Servirte ansía ya, Y algún tributo dar De amor a Ti. (CC 259:1)

Oración:

Padre celestial, te agradezco la importancia que en amor nos diste, aunque no éramos dignos, por el amor de Jesús. Amén.