YO, PECADOR, CONFIESO QUE HE PECADO MUCHO

Contra ti he pecado, sólo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos; por eso, tu sentencia es justa, y tu juicio, irreprochable.

– Salmo 51:4

¿Qué es mejor decir: «No es mi culpa» o «No es mi culpa solamente»? No es fácil reconocer que hemos fallado. Cuando Dios confrontó a Adán con su pecado, él respondió: «La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí» (Génesis 3:15). Es como si hubiera dicho «No es solamente mi culpa».

Todos los seres humanos tenemos un buen concepto de nosotros mismos. Entendemos que no somos perfectos, pero nos consideramos suficientemente buenos como para llegar al cielo por nuestro mérito propio o, por lo menos, que no somos tan malos como los demás. Esta buena opinión que tenemos de nosotros mismos no nos permite percibir nuestra terrible situación delante de Dios. Dios solo acepta lo perfecto en su reino y no se conforma con menos (Mateo 5:48).

Después de ceder al pecado, Adán y Eva «tomaron conciencia de su desnudez. Por eso, para cubrirse entretejieron hojas de higuera.» Del mismo modo que nosotros pensamos que haciendo buenas obras nuestras malas obras desaparecerán ellos se imaginaron que ocultándose Dios no vería su pecado. En su misericordia «Dios el SEÑOR hizo ropa de pieles para el hombre y su mujer, y los vistió» (Génesis 3:7, 21). Cubierto con esas pieles de animales provistas por Dios mismo el hombre ya no estaría tan avergonzado. Adán y Eva sabían que a causa de su pecado no podrían estar desnudos delante de Dios. De igual modo nosotros sabemos que a causa de nuestro pecado no podemos acercarnos a Dios. En su misericordia Dios se acerca a nosotros, primero confrontándonos con nuestro pecado. Con su ley moral, como con un espejo, nos muestra lo abominable de nuestra condición pecadora y, después, con esa misma ley, nos advierte con claras amenazas cuáles son las consecuencias de nuestro pecado. Cuando nos encontramos aterrorizados por las amenazas divinas, reconocemos que somos pecadores y que nada podemos hacer para salvarnos.

Entonces Dios viene a consolarnos con el evangelio de la doble sustitución gratuita para nuestra salvación. Dios nos viste, nos cubre, con los méritos de su Hijo Jesucristo. La piel que cubrió a Adán y Eva, después de la caída para estar en la presencia de Dios no era su propia piel, era piel ajena. Así también Dios nos cubre con Jesucristo, con su vida justa y perfecta, con su justicia. Dios nos cubre con una justicia que no es la nuestra, con una justicia ajena. Dios nos cubre con el Cordero sin defecto ni mancha. Cubiertos con Cristo, Dios ya no nos ve a nosotros y nuestro pecado, sino a Jesucristo, en nosotros, y sus méritos, su vida perfecta.

Oración:

Señor Jesús, te doy gracias porque eres el Cordero de Dios que dio su vida para salvarme y para que tu justicia me sea atribuida. En gratitud por tal amor, te adoro, junto al Padre y al Espíritu Santo. Amén.