“Tú quebraste el yugo y la vara que pesaban sobre sus hombros, y el cetro que los oprimía, como en el día de Madián” (Isaías 9:4).

¿QUÉ NIÑO ES ESTE? —ES EL LIBERTADOR DE LA OPRESIOÓN 

¿Cuál es el mayor peso que tiene que soportar la gente? Algunos dirían que es la opresión en manos de gobernantes crueles. Todavía tenemos en el mundo tiranos que oprimen a sus súbditos en una forma cruel e inhumana. No obstante, hay una opresión mucho más pesada que cualesquiera de las que los gobernantes en este mundo puedan imponer. El pecado y Satanás oprimen a todas las personas.

En los días de Isaías, Asiria oprimía tanto a Israel como a Judá. La crueldad de los asirios con los cautivos está bien documentada en la historia. Sin embargo, aun esta opresión parece mínima en comparación con la propia esclavitud del pecado de los israelitas. El pueblo de Israel y Judá se habían hecho esclavos por sus propios apetitos. El pueblo estaba sometido a los ídolos por los cuales el diablo los llevó por el camino al infierno.

Sin embargo, la situación no estaba perdida. El Señor prometió enviar a un libertador. Esta persona no sería un simple mortal. Dios mismo tuvo que intervenir para salvar a su pueblo. Tal como con los 300 hombres de Gedeón, el Señor tenía que rescatar a los israelitas de los 135,000 madianitas y amalecitas (Jueces capítulos 6-8), así rescataría a toda la gente del pecado por medio de su Hijo. Jesucristo, el Dios hombre, enfrentaría el campo de batalla por nosotros. Guardaría los mandamientos de Dios por nosotros. Sufriría el castigo por nuestros pecados. Por medio de él, Dios libraría a toda la gente del pecado.

Lo que no podíamos hacer, Cristo lo hizo por nosotros. Por medio de su sufrimiento y muerte, hemos sido librados del poder del pecado y de Satanás. El diablo ya no nos puede acusar de nuestros pecados. Cristo los ha pagado todos íntegramente. Mediante la fe en Cristo, somos libres de la esclavitud del pecado para servir al Señor. Como Pablo escribió: “Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gálatas 2:20).

Mientras nos preparamos para celebrar el nacimiento del Salvador, vemos al niño en Belén como nuestro libertador. Nos ha librado del pecado, de la muerte y de Satanás. ¡Eso es algo que hay que celebrar!

Oración:

¡Oh, ven Tú, Vara de Isaí! Redime al pueblo infeliz Del poderío infernal, Y dale vida celestial. Alégrate, ¡oh Israel! Vendrá, ya viene Emmanuel. (CC 1:2)