CONCÉDEME QUE VEA SU ROSTRO RESPLANDECIENTE

Allí se transfiguró en presencia de ellos; su rostro resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz. Mateo 17:2 

¿Quién le tomó una foto o pintó su retrato? Desde esa época, los artistas solo se han imaginado la apariencia física de Jesús. En realidad no sabemos cómo era su apariencia. Por el relato de su transfiguración nos vienen algunas ideas.

¿Cómo describimos la gloria que resplandeció en el rostro de Jesús y en su ropa ese día? No fue una gloria exterior que brilló en él, sino que surgió desde dentro de él. Una gloria que supera con mucho los rayos más brillantes del sol en el cielo. Fue la radiante gloria de Dios mismo, porque eso es lo que es Jesús.

Ante un rostro tan resplandeciente, solo podemos retroceder con temor. Cuando Dios y el hombre están cara a cara, el hombre debe hacerse a un lado. Dios quería una relación cara a cara con nosotros, pero el pecado de Adán lo arruinó todo. Ahora, cuando Dios viene, la maldición del pecado solo puede apartarnos de su rostro glorioso.

“Muévanse un poco Pedro, Santiago y Juan,” tenemos que decirles. “Hagan espacio para nuestros rostros pecaminosos, en el polvo de la cima de esa montaña.” Como ellos, no podemos mirar el santo rostro de Jesús. Pero no nos atrevemos a quedarnos ahí con nuestros rostros pecaminosos en el polvo de la desesperación. Necesitamos ver en el santo rostro de Jesús su infinito amor. Necesitamos aprender lo que él ha hecho con nuestros pecados para que podamos tener esa relación cara a cara con él ya aquí en la tierra y para siempre en el cielo.

Oración:

 Señor Jesús, te pido que me recuerdes que tú me has hecho santo por medio de tu sangre, para que pueda ver tu santo rostro. Amén.