LA MENTIRA TIENE PADRE

¿Por qué no entienden mi modo de hablar? Porque no pueden aceptar mi palabra. Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir. Desde el principio éste ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira! … El que es de Dios escucha lo que Dios dice. Pero ustedes no escuchan, porque no son de Dios.

– Juan 8:43-44,47

En el aymara, un idioma nativo sudamericano, existen dos maneras de decir «nuestro». Una, es la forma exclusiva «nanaca», que significa «nuestro (de nosotros quienes hablamos), pero no de los demás». La otra, es la forma inclusiva «jiwasa», que significa «nuestro, de nosotros quienes hablamos y de los interlocutores también». Esta manera de expresarse ha planteado la pregunta: ¿Cuál forma debe ser usada al traducir la oración «Padre Nuestro»? Los traductores usan una u otra opción según opinen que Dios es Padre de una parte o de ambas. ¿Qué enseña Jesús al respecto?

Jesús enseñó la oración del Padre Nuestro a sus discípulos. Solo los discípulos de Jesús tienen a Dios como su Padre (Juan 1:12-13; Gálatas 3:26). No es así con el resto de la humanidad. Un grupo de judíos, que se sintieron ofendidos por las afirmaciones de Jesucristo, reclamaron ser descendientes de Abraham y tener a Dios como Padre. A ellos Jesús les dijo que el hecho de que rechazaran sus enseñanzas confirmaba que no eran hijos de Dios, sino del diablo. A nadie le gusta que le digan que su Padre no es Dios, y mucho menos que le digan que su padre es el diablo. Pero Jesucristo lo hizo, y explicó el por qué hacía tal afirmación. Él dijo que quienes no aman la verdad y la rechazan lo hacen porque su padre es el diablo quien es el padre de la mentira.

Adán fue creado «hijo de Dios» (Lucas 3:38), «a su imagen y semejanza» de modo que tanto el varón como la mujer eran santos (Génesis 5:1-2). Pero después de la Caída ellos ya no reflejaban la imagen de Dios sino la del pecado, y por eso su descendencia hereda esa naturaleza pecadora que llamamos «viejo Adán» (Génesis 5:3; Salmo 51:5). Por esto, nacemos pecadores y somos hijos del diablo.

Gracias a Dios podemos nacer de nuevo y ser hijos de Dios; esto fue posible solamente porque Jesucristo vino a ser nuestro doble sustituto, obedeciendo perfectamente la voluntad del Padre y sufriendo el castigo por nuestros pecados, de manera que ahora, en el bautismo, Dios nos libra del diablo y adopta como hijos suyos queridos.

Oración:

Señor, te doy gracias por tu amor y misericordia pues en el bautismo me hiciste un hijo tuyo al nacer de nuevo por el poder de tu Palabra. Amén.